Algortimo que esta cambiando la forma de leer

BookTok ¿Quién decide lo que leemos? El algoritmo que está cambiando la literatura

¿BookTok está democratizando la recomendación literaria o creando nuevos mecanismos de poder?
¿Qué cambió en la literatura cuando los lectores comenzaron a producir datos sobre lo que quieren leer?

Durante siglos, la literatura tuvo guardianes visibles. Un editor decidía qué manuscrito merecía convertirse en libro; un crítico podía convertir una novela desconocida en un acontecimiento; un librero recomendaba una obra a partir de años de lecturas; una biblioteca organizaba sus estantes bajo una lógica que, aunque nunca fue neutral, podía ser comprendida. Hoy, buena parte de esas decisiones ocurre detrás de una pantalla y bajo reglas que el lector no ve. Cuando Amazon nos muestra un título, cuando TikTok convierte una novela olvidada en fenómeno editorial o cuando una plataforma nos propone “libros que podrían gustarte”, alguien —o algo— ya decidió qué merece entrar en nuestro campo de visión. El problema es que ese nuevo intermediario no tiene rostro, no firma reseñas y rara vez explica por qué un libro apareció frente a nosotros.

Booktok la nueva manera de leer

La transformación es más profunda de lo que parece porque el algoritmo no necesita decirnos qué debemos leer para influir en nuestra lectura. Le basta con determinar qué libros tienen más posibilidades de ser vistos, cuáles aparecen primero, cuáles se repiten en nuestras recomendaciones y cuáles desaparecen en la inmensidad del catálogo. En ese sentido, la pregunta importante ya no es únicamente si una inteligencia artificial puede escribir una novela, sino quién controla la puerta de entrada hacia las novelas que ya existen. Una obra puede estar disponible, publicada y perfectamente accesible en internet, y aun así permanecer prácticamente invisible para millones de lectores. La abundancia de libros no ha eliminado el problema de la selección: lo ha hecho más sofisticado.

La nueva librería no tiene estantes

Durante mucho tiempo, descubrir un libro implicaba entrar físicamente en un espacio diseñado por otras personas. Una librería elegía qué títulos colocar en el escaparate, qué novedades ocuparían una mesa central y cuáles quedarían relegadas a un estante secundario. Esa selección tenía intereses comerciales, desde luego, pero también estaba atravesada por decisiones humanas: la experiencia del librero, las conversaciones con lectores, las tendencias culturales y, en algunos casos, una verdadera convicción sobre el valor de una obra. El lector podía incluso discutir con esa selección. Podía pedir otro libro, preguntar por un autor desconocido o encontrar accidentalmente una novela que no estaba buscando. La recomendación tenía un margen importante de imprevisibilidad.

«Nada consigue involucrar a los lectores como #BookTok: da vida a los libros de una manera completamente nueva.»
Alyssa Castaneda, responsable de Social de Penguin Random House U.S

La pantalla sustituyó buena parte de ese espacio físico por una superficie aparentemente infinita, pero esa infinitud creó un problema que la librería tradicional no tenía en la misma escala: hay demasiadas opciones. Ningún lector puede recorrer millones de títulos, comparar miles de autores y decidir racionalmente qué leer después. Los sistemas de recomendación nacieron, en parte, para resolver esa sobreabundancia. Amazon, por ejemplo, utiliza sistemas que ordenan y relacionan libros a partir de múltiples señales, mientras que las plataformas digitales pueden observar comportamientos que una librería física jamás podría registrar con semejante precisión. Qué buscas, qué abres, qué compras, qué abandonas, qué calificas y qué libros interesan a personas con comportamientos parecidos pueden convertirse en señales para una nueva recomendación.

Aquí aparece el primer cambio cultural importante: la recomendación dejó de depender exclusivamente de lo que sabemos que nos gusta y comenzó a depender de lo que una máquina cree que probablemente nos gustará. Parece una diferencia pequeña, pero modifica la relación entre lector y literatura. Un librero puede decir: “Creo que deberías leer esto porque contradice todo lo que normalmente buscas”. Un sistema algorítmico, en cambio, está construido para encontrar patrones en nuestro comportamiento y utilizarlos para aumentar la probabilidad de que hagamos algo determinado. La recomendación humana puede buscar sorprender; la recomendación automatizada necesita calcular qué tiene mayores probabilidades de funcionar.

El algoritmo no lee como nosotros

Conviene desmontar aquí una idea demasiado sencilla: el algoritmo no sabe si una novela es buena. No posee una experiencia estética equivalente a la de un lector, no se queda despierto pensando en el destino de un personaje y tampoco siente que una frase haya transformado su manera de mirar el mundo. Lo que puede hacer es procesar enormes cantidades de señales y establecer relaciones entre ellas. En los sistemas de recomendación, esas señales pueden incluir características del contenido, comportamiento de los usuarios, popularidad, historial de interacción y semejanzas entre contenidos o entre comunidades de usuarios.

«BookTok está influyendo en lo que lees, incluso si no estás en TikTok.»
Natalie Wall, investigadora de la University of Liverpool.

La propia explicación de Spotify sobre sus sistemas de recomendación —aunque se trate de música y no de libros— resulta reveladora para comprender el modelo cultural que se está imponiendo: la plataforma combina tecnología con selección editorial y utiliza información sobre el contenido y el comportamiento de cada usuario para ordenar aquello que le presenta. Incluso reconoce que las recomendaciones pueden incorporar determinados factores comerciales. El principio puede trasladarse al ecosistema editorial digital con una diferencia esencial: cuando este mecanismo opera sobre libros, no solamente está ayudando a un lector a escoger su próxima lectura. Está participando indirectamente en la distribución de la atención cultural.

Y la atención es el recurso verdaderamente escaso. En un mundo donde publicar un libro resulta técnicamente mucho más sencillo que hace unas décadas, el problema para un autor ya no termina cuando consigue publicar. Empieza entonces otra batalla: conseguir que alguien lo encuentre. La paradoja de la era digital es que nunca habíamos tenido tantos libros disponibles y, al mismo tiempo, nunca había sido tan importante aparecer dentro de los primeros resultados, las recomendaciones personalizadas, las listas virales o las conversaciones que generan las plataformas. El libro continúa siendo un objeto cultural, pero su existencia pública depende cada vez más de sistemas que administran la visibilidad.

Cuando descubrir un libro se convierte en una cuestión de datos

booktok

Esta transformación también está modificando la relación de poder dentro de la industria editorial. Antes, el editor asumía buena parte del riesgo de decidir qué obra merecía inversión, promoción y distribución. Ahora las plataformas poseen algo que ningún editor tradicional tuvo jamás a esa escala: información continua sobre el comportamiento de los lectores. No solamente pueden saber qué se vende, sino también qué se busca, qué se pulsa, qué se abandona, qué se reseña y qué otros productos o autores aparecen asociados a esos comportamientos. El lector, sin proponérselo, produce datos mientras intenta encontrar su próxima lectura.

Eso introduce una pregunta incómoda que apenas estamos comenzando a discutir: ¿qué ocurre cuando aquello que funciona mejor para el sistema no coincide necesariamente con aquello que amplía nuestra experiencia literaria? Una recomendación eficaz puede llevarnos hacia un libro extraordinario, pero también puede encerrarnos dentro de nuestras propias preferencias. Si alguien lee novelas policiales y recibe constantemente novelas policiales similares, el sistema puede estar siendo extraordinariamente eficiente desde el punto de vista de la predicción y, al mismo tiempo, extraordinariamente pobre desde el punto de vista cultural. La literatura necesita lectores satisfechos, pero también necesita lectores sorprendidos.

Ese es uno de los grandes dilemas que plantea la curaduría algorítmica. Una máquina puede aprender nuestros gustos con enorme precisión y, precisamente por eso, limitar nuestra capacidad de descubrir aquello que todavía no sabemos que nos gusta. La literatura ha crecido históricamente gracias a esos encuentros inesperados: el libro que alguien nos presta, el autor que encontramos por casualidad, la novela que un profesor recomienda sin que la hayamos pedido, el volumen extraño que aparece en una mesa de novedades. La lógica de la personalización corre el riesgo de convertir el descubrimiento en una extensión matemática del pasado.

Y ahí comienza la verdadera historia de esta investigación: si antes unos pocos editores, críticos y libreros tenían el poder de decidir qué libros llegaban al público, ahora ese poder se ha desplazado hacia una arquitectura mucho más compleja, formada por plataformas, datos, métricas de atención, redes sociales, comunidades de lectores y sistemas de recomendación. No significa que el editor haya desaparecido ni que las máquinas hayan tomado el control absoluto de la literatura. Significa algo más interesante y más preocupante: que la decisión cultural se ha fragmentado, y una parte cada vez mayor de ella ocurre en lugares donde el lector no siempre puede distinguir entre una recomendación, una tendencia, una estrategia comercial y una verdadera conversación literaria.

Y para entender hasta dónde ha llegado ese cambio hay que mirar a BookTok, porque allí ocurrió algo que habría parecido improbable hace apenas unos años: una plataforma diseñada para producir videos breves terminó convirtiéndose en uno de los espacios capaces de transformar libros en fenómenos culturales.

BookTok: cuando el lector se convierte en prescriptor

BookTok comenzó como una comunidad de lectores que hablaban de libros frente a una cámara, pero su importancia para la industria editorial terminó siendo mucho mayor de lo que probablemente imaginaron sus primeros participantes. La diferencia fundamental con una reseña tradicional está en la velocidad y en la capacidad de multiplicación: una recomendación puede pasar de un usuario a miles y después a millones sin necesitar el respaldo de un periódico, una revista especializada o un crítico reconocido. El libro deja de depender exclusivamente de los canales tradicionales para encontrar lectores y empieza a circular dentro de una red donde la emoción, la identificación personal y la capacidad de generar conversación pueden ser tan importantes como la trayectoria del autor. Un estudio académico publicado en 2024 encontró precisamente que BookTok ha contribuido a relanzar títulos antiguos y a alterar los mecanismos tradicionales mediante los cuales un libro pasa del editor al lector.

Los números permiten entender por qué las editoriales ya no pueden tratar este fenómeno como una moda pasajera. Según datos de NielsenIQ BookData y Media Control difundidos en 2026, más de 50 millones de libros recomendados por la comunidad de BookTok fueron vendidos en Europa durante 2025, generando alrededor de 800 millones de euros en ingresos en los principales mercados analizados. En España, la misma medición atribuye a los libros impulsados por BookTok 6,3 millones de ejemplares vendidos y unos 116,6 millones de euros de ingresos durante ese año. Las cifras proceden de datos de ventas y no significan que cada ejemplar haya sido comprado exclusivamente por haber aparecido en TikTok, una distinción importante para no confundir correlación con causalidad; pero sí muestran algo difícil de ignorar: la conversación literaria nacida en una red social ya tiene consecuencias medibles en el mercado.

Lo verdaderamente interesante, sin embargo, no es cuánto vende BookTok, sino qué tipo de poder cultural empieza a construir cuando sus señales son incorporadas por la propia industria. En marzo de 2026, TikTok anunció la expansión europea de su lista oficial de superventas de BookTok, elaborada con datos de NielsenIQ BookData y Media Control, después de haberla probado en Alemania. Es decir, la plataforma que originalmente servía para que los lectores hablaran de libros comenzó a participar en la creación de un indicador formal de cuáles son los títulos que están triunfando dentro de esa conversación. El movimiento parece lógico desde el punto de vista comercial, pero tiene una consecuencia más profunda: una señal nacida espontáneamente entre lectores puede convertirse posteriormente en una métrica reconocida por la industria, y esa métrica puede influir a su vez en librerías, campañas de promoción, decisiones editoriales y expectativas de ventas.

Ahí aparece una de las paradojas centrales de la nueva economía literaria. BookTok democratizó la recomendación porque permitió que lectores sin credenciales institucionales pudieran ejercer una influencia que antes estaba concentrada en críticos, periodistas, libreros y editores; pero, al mismo tiempo, esa democratización produjo nuevos sistemas de jerarquía. No todos los libros tienen las mismas posibilidades de convertirse en virales, y no todas las conversaciones reciben la misma distribución. La plataforma tiene sus propios mecanismos de visibilidad y recompensa determinados comportamientos: aquello que provoca una reacción inmediata, que puede resumirse en pocos segundos, que genera identificación emocional o que despierta una respuesta intensa tiene más posibilidades de circular que una novela cuya riqueza exige contexto, paciencia o una lectura lenta. La literatura no necesariamente se vuelve peor por ello, pero sí empieza a enfrentarse a una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando las características que favorecen la circulación de una obra comienzan a confundirse con las características que determinan su valor?

El problema se vuelve todavía más interesante cuando el éxito digital regresa al mundo físico. Un libro que acumula millones de visualizaciones puede despertar la atención de una editorial, aumentar sus pedidos a distribuidores, ocupar una mesa destacada en una librería y aparecer posteriormente en listas de ventas. El proceso crea un circuito de retroalimentación: la plataforma genera atención, la atención produce ventas, las ventas generan visibilidad comercial y esa visibilidad puede devolver todavía más atención a la plataforma. El fenómeno ya no funciona únicamente como una recomendación entre lectores; comienza a comportarse como una infraestructura de descubrimiento editorial. La consecuencia es que la frontera entre lo que un público desea leer y lo que una plataforma consigue hacer visible se vuelve cada vez más difícil de separar.

Y aquí conviene detenerse, porque esta es una de las claves de toda nuestra investigación. Durante décadas se discutió si los críticos tenían demasiado poder para decidir qué libros debían considerarse importantes. Hoy el problema ha cambiado de forma: ya no existe un único guardián, sino una combinación de plataformas, métricas, comunidades, algoritmos y datos comerciales que pueden amplificar determinadas obras hasta convertirlas en acontecimientos. El viejo editor todavía decide qué publica; el crítico todavía puede influir; el librero todavía recomienda; pero ahora existe una nueva fuerza que puede alterar todas esas decisiones desde fuera del circuito editorial tradicional. El algoritmo no necesita declarar que un libro es bueno: le basta con conseguir que millones de personas lo vean para modificar las condiciones bajo las cuales ese libro será juzgado.

El peligro de confundir popularidad con descubrimiento

La discusión no consiste en demonizar las redes sociales ni en defender una supuesta edad dorada en la que los expertos seleccionaban exclusivamente literatura de calidad. Aquella época tampoco fue neutral: los editores tenían preferencias, los críticos podían equivocarse, determinadas voces quedaron históricamente marginadas y muchas obras importantes tardaron décadas en ser reconocidas. El valor de plataformas como BookTok está precisamente en haber abierto espacios de conversación donde lectores que rara vez aparecían en las páginas culturales tradicionales pueden recomendar, discutir y reivindicar libros. El problema comienza cuando una herramienta creada para ampliar las posibilidades de descubrimiento termina convirtiéndose en un sistema que premia de manera desproporcionada aquello que produce determinadas respuestas medibles.

Porque descubrir literatura no significa solamente encontrar algo que nos gusta. También significa encontrar algo que nos contradice, nos incomoda, nos obliga a cambiar de opinión o nos introduce en una tradición que desconocíamos. Una novela difícil puede necesitar cien páginas antes de revelar su verdadero alcance; un libro de poesía puede no producir una reacción inmediata; una obra experimental puede resultar extraña precisamente porque está intentando romper las convenciones que ya conocemos. Ninguna de esas características garantiza calidad, pero tampoco debería convertirse en una desventaja automática dentro de un ecosistema construido alrededor de la reacción instantánea. Cuando la visibilidad depende demasiado de la capacidad de provocar una respuesta rápida, la literatura corre el riesgo de competir bajo reglas que fueron diseñadas para captar atención, no para valorar profundidad.

El cambio, por tanto, no está solamente en qué libros leemos, sino en qué condiciones determinan que un libro llegue hasta nosotros. Esa diferencia es fundamental. Un lector puede sentirse completamente libre mientras elige entre diez recomendaciones que aparecen en su pantalla, sin advertir que la verdadera selección ocurrió antes de que pudiera escoger. El acto final parece individual —hacer clic, comprar, descargar, leer—, pero está precedido por una cadena de decisiones tecnológicas y comerciales que determinó qué alternativas estaban disponibles para ese lector concreto. La libertad de elección continúa existiendo, pero se ejerce dentro de un menú que alguien más ayudó a construir.

Y cuanto más entendemos ese mecanismo, más difícil resulta sostener la vieja idea de que internet simplemente multiplicó las posibilidades de lectura. Las multiplicó, sí, pero también construyó nuevas puertas de entrada. Antes teníamos pocos libros visibles y muchas obras escondidas detrás de ellos; ahora tenemos millones de libros potencialmente accesibles y sistemas cada vez más sofisticados encargados de decidir cuáles merecen aparecer delante de nosotros. La paradoja de nuestra época literaria es que nunca había sido tan fácil publicar y nunca había sido tan difícil ser descubierto. En ese espacio entre publicar y ser encontrado es donde comienza a crecer el verdadero poder del algoritmo.

Wattpad: cuando el manuscrito empezó a publicarse delante de los lectores

Antes de que una editorial pudiera decidir si una novela tenía futuro, necesitaba confiar en una serie de indicios imperfectos: el criterio del editor, el historial del autor, la opinión de un agente, las tendencias del mercado y, finalmente, la intuición de quienes debían arriesgar dinero para publicar el libro. Wattpad introdujo una alteración radical en ese proceso porque permitió que una historia pudiera ser publicada mientras todavía estaba siendo escrita y, al mismo tiempo, ser observada por una comunidad de lectores. El autor podía subir capítulos, recibir comentarios, comprobar qué partes provocaban mayor reacción y construir una audiencia antes de tener contrato editorial alguno. De pronto, el manuscrito dejó de ser solamente un objeto privado que esperaba la aprobación de un intermediario y se convirtió en un proceso público cuyo comportamiento podía medirse.

Ese cambio produjo algo que la industria editorial tradicional difícilmente podía obtener por sus propios medios: una prueba de interés anterior a la publicación comercial. El caso de The Kissing Booth, de Beth Reekles, resulta particularmente revelador. La autora comenzó a escribir la novela siendo adolescente y la publicó en Wattpad; cuando Random House adquirió la obra, ya contaba con millones de lecturas y decenas de miles de comentarios. En 2013, Publishers Weekly documentó que la historia había superado los 19 millones de lecturas y que había ganado el premio Watty a la ficción juvenil más popular, elegido por los lectores de la plataforma. El editor ya no estaba ante un manuscrito cuyo potencial debía imaginar: tenía delante una historia que había generado una comunidad capaz de demostrar, con su comportamiento, que quería seguir leyéndola.

«Los lectores y los escritores interactúan con las historias.»
Maria Cootauco, entonces Engagement Manager de Wattpad.

El caso de Anna Todd llevó esa lógica todavía más lejos. After, publicada originalmente como una novela serializada en Wattpad, acumuló cientos de millones de lecturas antes de convertirse en un fenómeno editorial; Simon & Schuster adquirió la serie en 2014 mediante una operación de seis cifras y Wattpad comenzó además a trabajar la propiedad para cine y televisión. Lo extraordinario no era solamente que una escritora desconocida hubiera encontrado lectores sin pasar primero por una editorial. Era que esos lectores habían producido, mediante sus interacciones, una especie de historial público del comportamiento de la obra. La plataforma podía observar algo que durante mucho tiempo había sido invisible para el editor: no solamente cuántas personas compraban un libro después de su publicación, sino cuántas personas acudían voluntariamente a una historia, cuánto interés generaba y qué relación construía el autor con su comunidad.

El lector dejó de ser solamente lector

Wattpad modificó así una relación fundamental de la literatura comercial: la que existía entre autor y lector. En el modelo tradicional, el escritor entrega el manuscrito, el editor interviene, el libro llega a las librerías y finalmente el lector decide si compra, recomienda o rechaza la obra. En Wattpad, esas etapas pueden superponerse. El lector puede comentar un capítulo cuando la novela todavía está en construcción, votar por una historia, seguir al autor y participar en una comunidad que acompaña el desarrollo de la obra. La lectura deja de ser exclusivamente el punto final de la publicación y se convierte también en una fuente de información para quien escribe. El lector, en otras palabras, empieza a funcionar simultáneamente como público, comentarista y señal de mercado.

Eso tiene una consecuencia literaria que merece más atención de la que normalmente recibe. Cuando un escritor publica una novela terminada, puede desconocer por completo qué pasará después de que el lector abra la primera página. Cuando publica una historia por entregas frente a una comunidad activa, recibe señales durante el proceso creativo. Puede descubrir qué personaje concentra más comentarios, qué giro genera rechazo, qué capítulo produce abandono o qué relación entre personajes provoca mayor entusiasmo. Eso no significa que todos los autores modifiquen deliberadamente sus historias para satisfacer esas reacciones, ni que una novela escrita de esa manera pierda automáticamente valor literario. Pero sí introduce una nueva posibilidad: la audiencia puede entrar en el proceso de creación antes de que la obra haya terminado de convertirse en obra.

La plataforma también descubrió que esas señales tenían valor para otras industrias. Publishers Weekly señaló en 2016 que Wattpad utilizaba datos en tiempo real para identificar historias y temas que estaban ganando popularidad dentro de su comunidad, mientras agentes, editores y productores observaban el sitio en busca de autores y propiedades con potencial. El dato resulta decisivo porque revela que el algoritmo no necesita seleccionar directamente el libro que debemos leer para ejercer poder sobre la literatura. Puede realizar una operación anterior: identificar qué historias están generando suficiente actividad como para llamar la atención de quienes después decidirán cuáles serán publicadas, promocionadas o adaptadas. La plataforma se convierte entonces en una especie de laboratorio permanente donde la audiencia produce, sin necesariamente saberlo, información que puede utilizarse para tomar decisiones comerciales.

La evolución empresarial de Wattpad confirma hasta qué punto aquella comunidad dejó de ser simplemente un sitio donde aficionados compartían historias. La compañía desarrolló Wattpad Books y posteriormente W by Wattpad Books, utilizando información de su propia plataforma para identificar historias populares y llevarlas al mercado editorial; en 2024, Penguin Random House Publisher Services firmó un acuerdo para distribuir a escala mundial los libros de los sellos de Wattpad Webtoon Book Group, que publica ficción y novelas gráficas. El recorrido resulta revelador: primero aparece la comunidad, después aparecen los datos sobre esa comunidad, luego se identifican las historias que muestran determinados comportamientos y finalmente esas historias pueden entrar en el circuito profesional de publicación y distribución. La plataforma ya no es únicamente el lugar donde nace la historia: forma parte del mecanismo que decide cuáles de esas historias tienen posibilidades de salir de allí.

Del manuscrito al algoritmo

Aquí aparece una transformación que conecta directamente a Wattpad con la pregunta central de este artículo. En el modelo editorial tradicional, el manuscrito llegaba a una mesa y alguien tenía que imaginar su futuro. En el modelo de plataformas, el futuro puede comenzar a producir señales antes de que exista una decisión editorial formal. Una historia que genera lectores, comentarios y seguidores adquiere una visibilidad que otra historia, igualmente bien escrita pero prácticamente invisible dentro de la plataforma, puede no conseguir. El mercado ya no observa únicamente el producto terminado: observa el comportamiento de una comunidad alrededor del producto. Y cuando ese comportamiento puede medirse, compararse y ordenarse, deja de ser solamente entusiasmo y comienza a convertirse en información.

La paradoja es evidente. Wattpad abrió una puerta extraordinaria para autores que probablemente nunca habrían conseguido llamar la atención de una editorial mediante los mecanismos tradicionales. La plataforma permitió que una adolescente pudiera competir por atención con escritores que tenían agentes, contratos y campañas de promoción; hizo posible que una historia encontrara lectores antes de tener una edición impresa y creó comunidades internacionales alrededor de autores prácticamente desconocidos. Pero la democratización produjo también una nueva forma de selección. Si antes el filtro estaba en manos del editor, ahora parte del filtro puede desplazarse hacia la capacidad de una historia para generar actividad dentro de una plataforma. El poder no desaparece: cambia de lugar.

Ese desplazamiento obliga a distinguir entre dos preguntas que suelen confundirse. La primera es: “¿Esta historia interesa a los lectores?”. La segunda, mucho más compleja, es: “¿Qué características hacen que esta historia consiga interesar dentro de esta plataforma?”. No son exactamente la misma pregunta. Una comunidad puede demostrar un entusiasmo extraordinario por determinados géneros, estructuras narrativas, tipos de personajes o formas de presentación, mientras otras obras pueden quedar fuera de ese circuito no porque carezcan de valor, sino porque no producen las mismas señales. El algoritmo aprende de los comportamientos existentes y, al hacerlo, puede reforzarlos. Una plataforma que descubre qué funciona también puede terminar ayudando a definir qué significa “funcionar”.

Por eso Wattpad representa un punto de inflexión dentro de esta investigación. Con BookTok vimos cómo los lectores pueden transformar un libro publicado en un fenómeno y alterar su posición dentro del mercado. Con Wattpad aparece algo todavía más profundo: el sistema puede observar la historia antes de que llegue al mercado y utilizar la reacción de los lectores como parte de la información que determina su siguiente destino. El lector ya no aparece solamente al final de la cadena editorial; entra en ella mucho antes. Y cuando millones de lectores participan de esa cadena, sus decisiones dejan de ser únicamente actos culturales individuales y comienzan a convertirse en datos capaces de orientar decisiones industriales.

La historia de Wattpad también anticipó algo que hoy se está acelerando con la inteligencia artificial. Si una plataforma puede saber qué historias atraen lectores, qué géneros generan comunidades, qué personajes producen interacción y qué narrativas consiguen mantener la atención, entonces posee algo más valioso que un catálogo: posee un mapa del comportamiento narrativo de su audiencia. WEBTOON Entertainment, propietaria de Wattpad, describe actualmente un ecosistema global que reúne decenas de millones de creadores y más de cien millones de usuarios activos mensuales, mientras utiliza sistemas de personalización para mejorar el descubrimiento de contenidos en sus plataformas. La frontera entre publicar, recomendar, medir y desarrollar contenido comienza así a desaparecer.

Y cuando esas fronteras desaparecen, cambia también la pregunta que debemos hacernos como lectores. Ya no basta con preguntarnos quién escribió el libro que tenemos delante. Tenemos que preguntar quién decidió que ese libro llegara hasta nosotros, qué datos ayudaron a impulsarlo, qué obras quedaron fuera de esa selección y qué intereses existen detrás del sistema que organiza nuestra atención. La literatura siempre ha tenido intermediarios; lo verdaderamente nuevo es que algunos de ellos ya no son personas que podemos identificar, entrevistar o discutir. Son sistemas que aprenden de nosotros mientras nosotros creemos, simplemente, que estamos eligiendo qué leer.

Conclusión: el algoritmo no ha reemplazado al editor, pero ha cambiado las reglas

La literatura no está siendo gobernada por una máquina en el sentido más sencillo de la expresión. Los editores continúan leyendo manuscritos, los críticos siguen escribiendo reseñas, los libreros recomiendan títulos y los lectores conservan la última palabra sobre aquello que deciden leer. Pero entre esas decisiones existe ahora una infraestructura invisible que determina qué libros tienen posibilidades de aparecer frente a cada persona. Amazon, TikTok, Wattpad y otras plataformas no necesitan decirnos qué debemos leer para influir sobre nuestra lectura: les basta con ordenar el enorme universo de posibilidades y presentarnos una pequeña parte de él. La verdadera transformación no está, por tanto, en que una inteligencia artificial haya aprendido a hablar de libros, sino en que los sistemas digitales han adquirido una capacidad extraordinaria para administrar nuestra atención.

Durante siglos, la selección literaria estuvo concentrada en instituciones y personas reconocibles. Eso nunca significó que fuera justa ni objetiva. Los editores podían equivocarse, los críticos podían ignorar determinadas voces y las grandes editoriales podían imponer tendencias que después parecían inevitables. La diferencia actual es que el poder se ha fragmentado y, al mismo tiempo, se ha vuelto mucho más difícil de observar. Una recomendación puede surgir de nuestro historial de lectura, de la conducta de usuarios similares, de la popularidad de una obra, de una tendencia comercial o de una combinación de señales que el lector jamás conocerá completamente. La autoridad ya no tiene necesariamente un nombre y un escritorio: puede estar distribuida entre millones de datos procesados en segundos.

BookTok y Wattpad muestran las dos caras de esta transformación. En el primero, los lectores adquirieron una capacidad extraordinaria para convertir libros en fenómenos y alterar las decisiones de una industria que durante mucho tiempo había definido desde arriba qué autores merecían atención. En el segundo, la comunidad puede intervenir incluso antes de que una historia llegue al mercado tradicional, generando señales que ayudan a determinar qué autores y narrativas tienen posibilidades de continuar su recorrido. Ambos fenómenos representan una democratización real de la conversación literaria, pero también revelan una nueva dependencia: aquello que consigue producir suficientes señales de atención adquiere mayores posibilidades de ser visto, publicado, recomendado y convertido en mercancía cultural.

El riesgo, entonces, no consiste en que los algoritmos destruyan la literatura. Esa es una conclusión demasiado fácil y, probablemente, equivocada. El riesgo más interesante es que terminemos confundiendo visibilidad con valor, popularidad con calidad y personalización con descubrimiento. Una novela puede ser extraordinariamente visible y no ser una gran obra; otra puede permanecer casi desconocida durante décadas antes de encontrar a sus lectores. La historia literaria está llena de libros que no encajaron en las preferencias de su época y que precisamente por eso terminaron ampliando los límites de lo que podía escribirse. Si todos nuestros caminos de lectura son calculados a partir de aquello que ya sabemos que nos gusta, podemos terminar leyendo una versión cada vez más precisa de nosotros mismos y perdiendo el encuentro con aquello que todavía no conocemos.

Por eso la pregunta más importante no debería ser si debemos confiar o desconfiar de los algoritmos. Debemos aprender a leer también el sistema que organiza nuestras lecturas. Saber que una recomendación es personalizada, que una tendencia puede estar amplificada por una plataforma o que una lista de libros populares responde a determinados mecanismos no obliga a rechazar esas herramientas. Significa recuperar una parte de nuestra autonomía como lectores. Podemos utilizar las recomendaciones automáticas y, al mismo tiempo, buscar deliberadamente aquello que no aparece en ellas; podemos leer al autor viral y también al desconocido; podemos aceptar una sugerencia de la plataforma y después entrar en una librería, hablar con un lector o abrir un libro elegido por puro azar.

Quizá ahí se encuentre la defensa más importante de la literatura frente a la lógica de la predicción. Un buen lector no solamente quiere encontrar lo que probablemente le gustará; también quiere descubrir aquello que todavía no sabe que necesita leer. El algoritmo es extraordinariamente eficaz cuando se trata de reconocer patrones, pero la literatura ha sobrevivido precisamente porque muchas de sus obras importantes rompieron los patrones de su tiempo. El desafío de los próximos años no será impedir que las máquinas recomienden libros, sino evitar que sus recomendaciones se conviertan en el horizonte completo de nuestra imaginación.

«BookTok está influyendo en lo que lees, incluso si no estás en TikTok.»
— Natalie Wall, University of Liverpool.

Porque al final la pregunta sigue siendo la misma, aunque el escenario haya cambiado. Durante siglos nos preguntamos quién decidía qué libros merecían ser leídos. Hoy debemos añadir una segunda pregunta: ¿quién decide qué libros llegamos siquiera a ver? Entre ambas preguntas se encuentra una de las grandes batallas culturales de nuestro tiempo. Y quizá la respuesta determine algo más importante que nuestras próximas lecturas: determinará hasta qué punto la literatura seguirá siendo un territorio para descubrir lo inesperado o terminará convirtiéndose en un espejo cada vez más preciso de aquello que los datos ya saben de nosotros.

Preguntas frecuentes

¿Los algoritmos realmente deciden qué libros leemos?

No toman la decisión final, pero sí pueden influir considerablemente en las opciones que llegan hasta nosotros. Las plataformas utilizan diferentes señales —como búsquedas, historial de interacción, popularidad, comportamiento de otros usuarios y características del contenido— para ordenar y recomendar determinados libros. El lector conserva la capacidad de elegir, pero esa elección ocurre dentro de un entorno que ya ha sido previamente filtrado.

¿BookTok está cambiando la industria editorial?

Sí. BookTok ha demostrado que una comunidad de lectores puede generar una demanda considerable alrededor de determinados títulos y autores, incluyendo obras que no necesariamente eran novedades. Su importancia no reside únicamente en las ventas que puede impulsar, sino en que ha convertido la conversación espontánea de los lectores en una señal que editoriales, librerías y otros actores de la industria observan cada vez con mayor atención.

¿Wattpad cambió la manera de publicar literatura?

Wattpad introdujo un modelo diferente porque permitió que los autores publicaran historias directamente ante una comunidad de lectores antes de pasar necesariamente por una editorial tradicional. Las lecturas, comentarios, seguidores y otras formas de interacción podían mostrar que una historia había construido una audiencia. Algunos casos demostraron que esa comunidad podía convertirse posteriormente en un puente hacia la publicación profesional, las grandes editoriales y las adaptaciones audiovisuales.

¿El algoritmo puede saber si un libro es bueno?

No en el sentido en que un lector, crítico o editor puede valorar una obra literariamente. Un algoritmo puede identificar patrones y relaciones entre contenidos y comportamientos de usuarios, pero eso no equivale a comprender el valor estético, histórico o cultural de una novela. Puede predecir con bastante precisión qué contenido podría interesarnos y, aun así, equivocarse completamente sobre la importancia literaria de una obra.

¿Existe el riesgo de que los algoritmos creen una burbuja literaria?

Sí. Si un sistema aprende principalmente de nuestras preferencias anteriores, puede continuar ofreciéndonos contenidos similares y reducir nuestra exposición a obras diferentes. El problema no es que una recomendación personalizada sea necesariamente mala, sino que puede convertir el pasado del lector en una predicción permanente de su futuro. La literatura, sin embargo, también depende del descubrimiento inesperado y de encontrarnos con obras que desafían nuestros gustos.

¿Los algoritmos están reemplazando a los editores?

No. El escenario actual es más complejo. Los editores continúan desempeñando funciones fundamentales de selección, edición, construcción de catálogo, posicionamiento y desarrollo de autores. Lo que está cambiando es el entorno en el que esas decisiones ocurren: las plataformas proporcionan datos sobre el comportamiento de los lectores que antes no existían a esa escala y pueden influir en qué autores, géneros y obras reciben atención comercial.

¿La literatura corre peligro por culpa de las redes sociales?

El problema no es la existencia de las redes sociales, sino que sus mecanismos de visibilidad pueden favorecer determinadas características —viralidad, velocidad, identificación inmediata o capacidad de generar interacción— que no necesariamente coinciden con los criterios mediante los cuales se evalúa una obra literaria. Las redes también han permitido que autores y lectores que antes tenían poca visibilidad encuentren comunidades propias. El desafío consiste en aprovechar esa democratización sin convertir la popularidad digital en el único criterio de valor.

¿Qué debería hacer un lector ante esta nueva realidad?

La mejor respuesta no es abandonar las recomendaciones algorítmicas, sino diversificar las formas de descubrir libros. Utilizar una plataforma puede ser útil, pero también conviene consultar libreros, críticos, revistas literarias, bibliotecas, clubes de lectura y lectores con gustos diferentes. Incluso buscar deliberadamente libros que no aparecen entre nuestras recomendaciones puede convertirse en una forma de recuperar el elemento de sorpresa que siempre ha formado parte de la experiencia literaria.

¿Quién decide finalmente lo que leemos?

No existe un único responsable. La decisión actual surge de una cadena en la que participan autores, editoriales, críticos, libreros, lectores, plataformas digitales, comunidades en redes sociales y sistemas algorítmicos. Precisamente por eso la pregunta resulta tan importante: el poder de selección que antes podía atribuirse a unos cuantos intermediarios ahora está distribuido entre múltiples actores, algunos visibles y otros prácticamente invisibles para el lector.

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