Borges porque lo odeaba la academia Sueca

¿Por qué la Academia Sueca odiaba a Borges? La historia detrás de la mayor injusticia de la academia

Jorge Luis Borges murió sin recibir el Premio Nobel de Literatura y dejó detrás de sí una paradoja que todavía resulta difícil de explicar: ¿Cómo pudo uno de los escritores que más profundamente transformaron la literatura del siglo XX pasar por las manos de la Academia Sueca durante décadas sin conseguir que su nombre apareciera finalmente entre los laureados? La respuesta que durante años circuló con mayor fuerza fue también la más sencilla: Borges habría sido castigado por sus posiciones políticas, por su encuentro con Augusto Pinochet o por antiguas enemistades dentro de la propia Academia. Pero cuando se revisan los documentos que permanecieron cerrados durante medio siglo, la historia adquiere otra dimensión. Borges no fue ignorado por Estocolmo. Fue nominado repetidamente, defendido por académicos suecos y, en 1967, incluso propuesto para compartir el premio con Miguel Ángel Asturias. El problema parece haber sido mucho más complejo: la Academia tenía delante a un escritor extraordinario cuya literatura podía resultar, al mismo tiempo, deslumbrante y excesivamente intelectual; universal y deliberadamente cerrada; precisa hasta la perfección, pero también capaz de enredarse en una complejidad que no siempre necesitaba.

El escritor que convirtió su derrota en una broma

La ausencia del Nobel acompañó a Borges durante tantos años que terminó convirtiéndose en parte de su propia biografía literaria. El escritor llegó a bromear con la situación y dijo que no concederle el premio se había transformado en una antigua tradición escandinava: cada año lo nominaban y el galardón terminaba en manos de otro. La frase tenía el tono irónico que Borges utilizaba para convertir incluso una frustración personal en materia literaria, pero debajo de la broma existía una contradicción que se hizo cada vez más difícil de ignorar. Para cuando murió en Ginebra en 1986, Borges ya era reconocido internacionalmente como uno de los grandes escritores de lengua española y su influencia sobre generaciones posteriores estaba ampliamente establecida. Ficciones, El Aleph, El Hacedor y sus ensayos habían alterado la relación tradicional entre cuento, ensayo, filosofía y ficción, hasta el punto de que numerosos escritores posteriores encontraron en Borges una manera completamente distinta de entender lo que podía hacer un relato.

Sin embargo, sería demasiado fácil convertir esa evidencia retrospectiva en una acusación contra la Academia Sueca. El Nobel nunca ha sido una clasificación objetiva de los mejores escritores de la historia, y la lista de grandes autores que nunca lo recibieron demuestra que el premio responde a decisiones históricas, culturales y personales mucho más complejas que una simple medición del talento. La pregunta interesante no es, por tanto, por qué la Academia fue incapaz de reconocer que Borges era un genio, sino qué aspectos de su literatura hicieron que algunos de quienes debían juzgarlo no estuvieran convencidos de que aquella obra merecía el máximo reconocimiento internacional.

Y aquí conviene abandonar durante un momento la leyenda y mirar a Borges como lo habría mirado un crítico que no le debiera admiración. Porque Borges podía ser fascinante y difícil al mismo tiempo. Su literatura exigía un lector dispuesto a reconocer referencias filosóficas, religiosas, históricas y literarias; podía construir un cuento alrededor de una paradoja metafísica y esperar que el lector aceptara el juego sin explicaciones; podía convertir una idea de unas cuantas líneas en una arquitectura narrativa que obligaba a recorrer bibliotecas enteras para comprender sus resonancias. Esa exigencia intelectual constituye una de las grandes razones de su importancia, pero también explica por qué algunos lectores podían experimentar su literatura como fría, hermética o innecesariamente sofisticada. La dificultad de Borges no era accidental: formaba parte de su proyecto literario, aunque en ocasiones esa misma complejidad podía convertirse en un exceso.

Borges no fue un escritor ignorado por la Academia

Los documentos oficiales del Premio Nobel desmontan una de las explicaciones más extendidas sobre el caso. Borges aparece en 38 nominaciones registradas en el archivo de la Fundación Nobel, desde 1956 hasta años posteriores, y entre sus nominadores estuvieron profesores universitarios, escritores, instituciones culturales y miembros de la propia Academia Sueca. No estamos, por tanto, ante un autor que permaneciera fuera del radar de Estocolmo o cuya candidatura hubiera sido descartada de antemano. Su nombre regresó una y otra vez a las discusiones sobre el Nobel.

Uno de los datos más significativos corresponde a Henry Olsson, miembro de la Academia Sueca y profesor de historia literaria y poética. Olsson nominó a Borges en 1962, 1963 y 1964, y volvió a hacerlo en 1967. Esa insistencia resulta importante porque contradice la imagen de una institución unánimemente hostil al escritor argentino. Dentro de la propia Academia existieron personas que consideraban que Borges debía ser tomado seriamente como candidato al premio.

“La Academia Sueca nunca le dará el Nobel a Borges.”
Lundkvist

La prueba más contundente aparece precisamente en 1967. Ese año, Olsson propuso que el Nobel fuera compartido por Miguel Ángel Asturias y Jorge Luis Borges. El archivo oficial conserva la candidatura y señala expresamente que el premio debía repartirse entre ambos escritores. Borges, por tanto, no era simplemente uno de los muchos nombres que aparecían en las listas anuales: al menos un miembro de la institución llegó a defender formalmente que recibiera el máximo reconocimiento literario junto con otro de los grandes escritores latinoamericanos de su generación.

El dato cambia por completo el sentido de la pregunta. Si la Academia Sueca hubiera decidido desde el principio que Borges era un escritor indigno del Nobel, difícilmente habría sido nominado tantas veces y mucho menos habría contado con defensores dentro de la institución. La historia parece más complicada: Borges entraba en la discusión, pero algo hacía que nunca terminara de imponerse cuando llegaba el momento de elegir al ganador.

1967: el año en que Borges estuvo cerca

El año 1967 permite observar esa tensión con particular claridad. Borges competía entonces con escritores de enorme importancia internacional, entre ellos Samuel Beckett, Graham Greene, W. H. Auden y Yasunari Kawabata. El Nobel terminó en manos de Miguel Ángel Asturias, cuya obra fue presentada por Anders Österling como una expresión particularmente significativa de la literatura latinoamericana moderna y de su relación con la tradición, la cultura y el mundo mítico guatemalteco.

Pero la decisión sobre Borges dejó una huella documental especialmente reveladora. Anders Österling, presidente del Comité Nobel, consideró que Borges era “demasiado exclusivo o artificial” en su “ingenioso arte en miniatura”. La frase ha sido citada durante décadas como una especie de sentencia contra Borges, pero conviene leerla con más cuidado. Österling no estaba afirmando que Borges careciera de talento ni que su obra fuera irrelevante; estaba señalando algo mucho más concreto acerca de su naturaleza. Para él, la literatura borgiana podía ser demasiado cerrada, demasiado elaborada y demasiado dependiente de un tipo particular de inteligencia literaria.

La palabra “exclusivo” es especialmente significativa. Borges podía escribir para todos y, al mismo tiempo, exigir mucho de quien lo leyera. Un lector podía entrar en Ficciones sin conocer filosofía, teología o literatura comparada y disfrutar de la historia; pero otro nivel de lectura aparecía cuando comenzaban a reconocerse las referencias, las falsas bibliografías, los autores inventados, las alusiones a otros textos y los problemas filosóficos que Borges escondía detrás de una narración aparentemente sencilla. La literatura podía convertirse así en una conversación entre el escritor y un lector especialmente preparado para seguir sus movimientos.

“Sin duda lo merecía, ni menos ni tampoco más que otros grandes creadores latinoamericanos. En cualquier caso, ya es demasiado tarde.”
Lundkvist

Eso es una virtud cuando la complejidad produce profundidad; puede convertirse en un defecto cuando la complejidad se convierte en el objetivo mismo de la construcción. Y aquí conviene ser honestos con Borges: en algunos textos, su inteligencia parece adelantarse tanto a la historia que el mecanismo termina adquiriendo más importancia que la experiencia humana que debería sostenerlo. Borges podía encontrar una idea extraordinaria y después construir alrededor de ella una estructura tan sofisticada que el lector terminaba admirando el artificio antes que sintiendo la historia. No es una crítica menor, pero tampoco es una crítica que destruya su obra. De hecho, puede explicar precisamente por qué Borges ha producido simultáneamente lectores apasionados y lectores que lo consideran excesivamente cerebral.

¿Era Borges demasiado complejo?

La crítica de Österling resulta todavía más interesante cuando se observa la manera en que Borges entendía su propia literatura. El escritor había pasado por distintas etapas y había revisado incluso buena parte de sus posiciones juveniles, pero con el tiempo desarrolló una estética que valoraba la precisión, la economía y la construcción intelectual. En uno de sus prólogos llegó a hablar de una “modesta y secreta complejidad”, una expresión que resulta especialmente reveladora porque muestra que la complejidad no era un accidente de su escritura, sino algo que Borges había aprendido a considerar parte de su ideal literario.

La crítica académica ha estudiado precisamente esa complejidad como una de las claves de su obra. Investigaciones sobre su poesía y su narrativa han señalado cómo Borges convierte la lectura y la escritura en una especie de sistema de combinaciones donde ficción, comentario, cita, traducción, referencia y reflexión filosófica pueden mezclarse hasta alterar las jerarquías tradicionales de la literatura. Esa característica explica buena parte de su originalidad, pero también ayuda a comprender por qué un crítico menos dispuesto a aceptar el juego podía percibir una literatura excesivamente construida.

El problema, entonces, no consiste en decidir si Borges era “difícil” como si la dificultad fuera una enfermedad literaria. La cuestión es determinar qué clase de dificultad producía. Hay escritores cuya complejidad abre nuevas posibilidades de lectura y obliga al lector a regresar al texto porque descubre algo que no había visto. En Borges ocurre eso con frecuencia. Pero también hay momentos en los que la acumulación de referencias, paradojas y mecanismos intelectuales puede producir la impresión contraria: el texto parece exigir admiración por la inteligencia de quien lo construyó antes que participación emocional en aquello que está contando.

Ese posible exceso resulta particularmente importante para entender la palabra “artificial” utilizada por Österling. Borges no pretendía ocultar el artificio de la literatura; muchas veces lo colocaba deliberadamente en primer plano. Sus relatos podían fingir ser reseñas, testimonios, investigaciones, traducciones o documentos encontrados. El escritor convertía la propia maquinaria de la ficción en parte del argumento y hacía que el lector dudara de las fronteras entre realidad y literatura. Lo que para muchos lectores fue una revolución narrativa podía parecer, desde otra perspectiva, una literatura demasiado consciente de sí misma.

“Nadie tiene tanto poder. Yo no lo he vetado, simplemente no lo he propuesto. Las decisiones en la Academia se toman por mayoría. Somos 18 y yo tengo un voto.”
Lundkvist

Y quizá esa sea una de las claves que debemos conservar antes de culpar a la Academia Sueca de haber cometido una injusticia: Borges podía ser extraordinario precisamente en aquello que también podía dificultar su reconocimiento. Su inteligencia era su mayor instrumento literario, pero en ocasiones esa inteligencia podía llevarlo a construir más de lo que la historia necesitaba. La misma sofisticación que hizo posible una literatura revolucionaria podía producir una sensación de distancia, hermetismo o exceso intelectual en lectores que buscaban una relación más directa con los personajes y las emociones.

Artur Lundkvist: ¿enemigo de Borges o crítico severo?

Aquí aparece uno de los personajes más interesantes de esta historia: Artur Lundkvist, escritor y miembro de la Academia Sueca, a quien durante años se señaló como uno de los responsables de que Borges nunca recibiera el Nobel. La explicación tenía todos los ingredientes de una buena leyenda literaria: dos escritores se conocen, surge una discrepancia, uno de ellos adquiere posteriormente poder dentro de la institución que concede el premio y el otro termina quedándose fuera.

La historia, sin embargo, es mucho menos sencilla. Lundkvist conoció a Borges en Buenos Aires en 1946 y, según relató años después, entre ambos nació una amistad basada en intereses literarios comunes. Incluso recordó con admiración el conocimiento que Borges tenía de las antiguas literaturas nórdicas y germánicas. Décadas después, cuando Borges ya era una figura internacional, Lundkvist siguió defendiendo públicamente algunos aspectos de su obra, aunque fue extraordinariamente duro con su prosa.

En 1986, poco después de la muerte de Borges, Lundkvist rechazó expresamente la idea de que existiera una simple animadversión personal entre ambos. Pero su crítica literaria resulta reveladora: consideraba que la prosa de Borges había sido “desproporcionadamente sobrevalorada” y hablaba de una “extrema estilización” que podía llegar a ser paralizante. Al mismo tiempo, afirmaba que Borges merecía el Nobel tanto como otros grandes escritores latinoamericanos.

Esta aparente contradicción es precisamente lo que hace interesante su testimonio. Lundkvist podía admirar a Borges y considerar que algunas de sus decisiones estéticas eran excesivas. No necesitaba convertirlo en un escritor mediocre para cuestionar su candidatura. Y esa posición resulta mucho más útil para nuestra investigación que la teoría de un enemigo personal decidido a impedirle el premio.

Además, otro escritor sueco citado por EL PAÍS, Lasse Söderberg, ofreció una explicación todavía más inquietante: en Suecia no se habían valorado adecuadamente los méritos de Borges y existía, en términos más generales, una comprensión insuficiente de la literatura hispánica. Según Söderberg, el problema no era necesariamente político; había “algo en el mundo de Borges” que los medios académicos suecos nunca habían comprendido completamente.

Y esa afirmación nos devuelve al centro del problema. Quizá la pregunta nunca fue simplemente “¿por qué odiaban a Borges?”, sino algo mucho más difícil de responder: ¿qué parte de Borges no consiguió traducirse culturalmente al interior de la institución que debía juzgarlo?

¿Fue la política la verdadera razón?

Si la complejidad de la literatura de Borges ayuda a explicar por qué algunos miembros de la Academia Sueca podían admirarlo sin considerarlo necesariamente el candidato ideal, la historia cambia radicalmente después de 1976. Ese año Borges cometió una serie de gestos políticos que, vistos desde la perspectiva de la Europa intelectual de entonces, resultaban difíciles de ignorar. En mayo aceptó participar en un almuerzo con Jorge Rafael Videla, pocas semanas después del golpe militar argentino, y en septiembre viajó a Chile para recibir un doctorado honoris causa de la Universidad de Chile de manos de Augusto Pinochet. En aquella visita pronunció además un discurso en el que elogió al régimen chileno y habló favorablemente de la idea de una “patria fuerte”. La controversia no fue menor: Borges estaba entrando directamente en el terreno político en un momento en que las dictaduras latinoamericanas generaban un rechazo particularmente intenso entre buena parte de la intelectualidad europea.

El problema no fue solamente que Borges hubiera aceptado una invitación oficial. Lo que convirtió aquella visita en un episodio especialmente dañino para su candidatura fueron sus propias palabras. Después de reunirse con Pinochet, Borges llegó a describirlo como una “excelente persona” y pronunció un discurso en el que contrapuso la “espada” a la “furtiva dinamita”, reivindicando una idea de autoridad y fuerza que resultaba especialmente problemática en el contexto de una dictadura que ya estaba siendo denunciada internacionalmente por sus violaciones de los derechos humanos. Años después, Borges reconocería que había cometido un error y expresó arrepentimiento por algunas de aquellas declaraciones, pero el problema para su candidatura al Nobel era que las decisiones de una institución como la Academia no se toman necesariamente después de que una figura pública haya tenido tiempo de corregir sus palabras. El daño político, una vez producido, puede permanecer.

Aquí aparece una de las mayores contradicciones de la historia. Borges había sido candidato al Nobel mucho antes de visitar a Pinochet, y por tanto resulta imposible afirmar que aquella visita explique por qué no ganó durante toda la década de 1960. Los archivos muestran nominaciones desde 1956 y varias candidaturas promovidas desde Suecia; incluso en 1967 un miembro de la Academia había propuesto compartir el premio entre Borges y Asturias. La política de 1976, por tanto, no puede explicar el origen del problema. Lo que sí puede explicar es por qué una candidatura que durante años había permanecido abierta pudo haberse vuelto mucho más difícil de defender después de aquel año. Esta diferencia es fundamental: Borges no perdió el Nobel exclusivamente por Pinochet, pero Pinochet pudo haber cerrado una puerta que todavía permanecía entreabierta.

Borges y la contradicción política

Para entender por qué el episodio tuvo semejante repercusión, también hay que abandonar otra simplificación frecuente: presentar a Borges como un escritor políticamente coherente de principio a fin. Su trayectoria fue bastante más contradictoria. Fue un feroz opositor del peronismo, defendió durante determinados momentos posiciones conservadoras y mantuvo una relación compleja con las corrientes políticas de su tiempo. Al mismo tiempo, rechazó aspectos esenciales de las ideologías totalitarias y terminó criticando públicamente la violencia de las dictaduras. Su pensamiento político no cabe con facilidad en una etiqueta única, y precisamente esa dificultad ayuda a explicar algunas de sus decisiones públicas. Borges podía defender la libertad individual y, al mismo tiempo, cometer errores políticos de una gravedad considerable cuando juzgaba determinados gobiernos desde una perspectiva exclusivamente antiautoritaria frente a aquello que él identificaba como amenaza revolucionaria.

El episodio de Pinochet resulta todavía más revelador cuando se observa retrospectivamente. Borges no parecía comprender en ese momento la dimensión simbólica que tenía su presencia junto al dictador chileno. Para un escritor argentino de enorme prestigio internacional, aceptar una distinción entregada personalmente por Pinochet y elogiarlo públicamente no era un gesto privado que pudiera separarse de su obra. Borges podía pensar que estaba reconociendo a una persona o a un gobierno que consideraba defensor del orden frente a la violencia política, pero desde fuera de ese marco ideológico la imagen era otra: uno de los grandes escritores del mundo aparecía legitimando públicamente a una dictadura latinoamericana que estaba siendo cuestionada por sus prácticas represivas.

La reacción posterior de Borges es importante precisamente porque demuestra que él mismo terminó comprendiendo la dimensión de su error. No estamos, por tanto, ante un escritor que mantuviera hasta el final una defensa cerrada de aquellas declaraciones. El arrepentimiento existe y debe incorporarse a la historia, pero tampoco puede utilizarse para borrar lo sucedido. Un periodista o historiador que reconstruye una candidatura al Nobel debe considerar tanto la rectificación posterior como la declaración original, porque ambas forman parte de la misma trayectoria. El Borges que pidió disculpas años después no elimina al Borges que estrechó la mano de Pinochet en 1976.

La paradoja de 1976: Borges todavía podía ganar

Lo más sorprendente es que, incluso después del episodio chileno, el nombre de Borges continuó apareciendo en las especulaciones alrededor del Nobel. En octubre de 1976, EL PAÍS informaba que en la Academia Sueca circulaba la posibilidad de un Nobel en español compartido entre Vicente Aleixandre y Jorge Luis Borges, y señalaba a Artur Lundkvist como el académico que podía estar detrás de esa candidatura. El artículo advertía, sin embargo, que las decisiones finales de la Academia permanecían completamente cerradas y que las especulaciones externas podían equivocarse.

Este dato es extraordinariamente importante porque complica todavía más la teoría de que la visita a Pinochet produjo una especie de veto automático e inmediato. Si en octubre de 1976 todavía circulaba seriamente el nombre de Borges como posible ganador, significa que el episodio político no necesariamente cerró todas las posibilidades en cuestión de días. Había todavía una discusión interna, diferentes posiciones y, probablemente, una valoración más compleja de lo que la leyenda posterior permite imaginar.

Sin embargo, ese mismo año ocurrió algo que terminaría pesando enormemente sobre la imagen pública de Borges. La combinación entre el encuentro con Videla en Argentina y la visita a Pinochet en Chile hizo que su nombre quedara asociado internacionalmente a las dictaduras militares del Cono Sur. La literatura podía ser una cosa y la conducta pública otra, pero para una institución que debía decidir a quién convertir en símbolo mundial de la literatura ambas dimensiones podían terminar inevitablemente mezclándose. Y aquí aparece una pregunta incómoda que debemos formular sin intentar responderla de antemano: ¿hasta qué punto una Academia literaria tiene derecho a juzgar la obra de un escritor separándola completamente de sus posiciones políticas?

El argumento que parece cerrar el caso: “razones políticas”

Durante años, la explicación política fue ganando fuerza hasta convertirse casi en una respuesta oficial aunque nunca existiera una declaración de la Academia que dijera sencillamente: “Borges no recibió el Nobel por su apoyo a Pinochet”. En 1998, el académico sueco Knut Ahnlund declaró a The New Yorker que la ausencia de Borges había sido una “imperdonable omisión” atribuible a razones políticas. Esa declaración tuvo enorme repercusión porque procedía de alguien que conocía desde dentro el funcionamiento de la institución y porque parecía confirmar lo que muchos lectores y críticos habían sospechado durante años.

También existen testimonios posteriores que apuntan en la misma dirección. La Nación recogió en 1999 el relato del escritor chileno Volodia Teitelboim, quien aseguró que Artur Lundkvist le había dicho en 1980 que la Academia nunca daría el Nobel a Borges debido, entre otras razones, a su encuentro con Pinochet y a los elogios que había dedicado al dictador. Según ese testimonio, Lundkvist habría explicado que la sociedad sueca no podía premiar a alguien con aquellos antecedentes. La historia es relevante, pero también exige cautela: estamos ante el recuerdo de una conversación transmitido por un tercero, no ante un documento oficial de la Academia que establezca esa decisión como política institucional.

La diferencia entre ambas cosas es esencial. Una investigación seria no puede convertir un testimonio indirecto en una sentencia definitiva, aunque tampoco debería ignorarlo. Lo correcto es colocarlo junto a los demás elementos del expediente: las 38 nominaciones de Borges, las candidaturas impulsadas desde Suecia, la propuesta de Olsson en 1967, la crítica literaria de Österling, la visita a Pinochet, el encuentro con Videla y las declaraciones posteriores de académicos como Ahnlund y Lundkvist. Cuando todos esos documentos y testimonios se observan juntos, la hipótesis política adquiere mucho peso, pero deja de ser una explicación única.

Porque existe una pregunta que la teoría política no consigue responder completamente: si Borges ya tenía dificultades para convencer a algunos miembros de la Academia cuando todavía no había visitado a Pinochet, ¿por qué deberíamos creer que la política fue el único obstáculo?

El expediente Borges tenía dos problemas diferentes

Quizá la mejor manera de entender el caso sea aceptar que Borges enfrentó dos problemas distintos en dos momentos diferentes de su vida. El primero era estrictamente literario y ya estaba presente cuando su candidatura comenzó a ser discutida seriamente: algunos miembros podían considerar su obra demasiado intelectual, excesivamente elaborada, poco accesible o demasiado dependiente de un lector sofisticado. La frase de Österling de 1967 no habla de Pinochet, de Videla ni de ninguna posición política; habla de literatura. Habla de un escritor que, desde la perspectiva de aquel académico, podía ser demasiado “exclusivo” y “artificial”.

El segundo problema apareció después y fue mucho más difícil de neutralizar. Borges convirtió su prestigio literario en una presencia pública y, en 1976, esa presencia quedó asociada a dos dictaduras latinoamericanas. El episodio de Pinochet no creó las dudas literarias que ya existían, pero añadió una dimensión ética y política que podía hacer mucho más difícil defender su candidatura dentro de una institución cultural sueca. En otras palabras, Borges no llegó a 1976 como un candidato indiscutido que luego fue eliminado por una fotografía junto a un dictador; llegó como un candidato extraordinariamente discutido cuya candidatura adquirió después un problema político de enorme magnitud.

Esta distinción permite entender también por qué la palabra “odio” resulta tan tentadora y, al mismo tiempo, tan insuficiente. El expediente no muestra una Academia unánimemente obsesionada con impedir que Borges ganara. Muestra algo más humano y más incómodo: académicos que lo admiraban, críticos que cuestionaban su estilo, instituciones que lo nominaron, miembros que lo defendieron, otros que parecían preferir candidatos diferentes y, finalmente, una dimensión política que hizo que su nombre resultara todavía más difícil de sostener. La historia no parece la de una conspiración perfecta; parece la de una candidatura extraordinaria que nunca consiguió reunir el consenso necesario.

Y entonces aparece el personaje que puede cambiar nuevamente nuestra interpretación de todo el caso: Artur Lundkvist. Durante años fue presentado como el académico que podía haber cerrado definitivamente las puertas del Nobel a Borges. Pero cuando se revisan sus propias palabras y su relación con el escritor argentino, la figura del supuesto enemigo empieza a desmoronarse. Lo que aparece en su lugar es una relación mucho más ambigua: admiración, conocimiento profundo de la literatura latinoamericana, críticas severas y, finalmente, una posición sobre Borges que obliga a preguntarnos si realmente existió un veto personal o si estamos ante otra de las leyendas que crecieron alrededor del Nobel que nunca recibió el escritor argentino.

Artur Lundkvist: el hombre que pudo haber ayudado a Borges y después cuestionó su grandeza

La historia de Artur Lundkvist es quizá la pieza más difícil de encajar en el expediente Borges porque obliga a abandonar una explicación demasiado cómoda. Durante años se repitió que Lundkvist fue el académico sueco que impidió que Borges recibiera el Nobel, como si entre ambos hubiera existido desde el principio una enemistad personal que después se transformó en poder institucional. Sin embargo, los documentos y testimonios disponibles cuentan algo bastante diferente. Lundkvist conoció a Borges en Buenos Aires en 1946 y, lejos de convertirse en su adversario, quedó impresionado por su cultura literaria. Décadas después recordaría que entre ambos había nacido una amistad basada en lecturas comunes y que Borges conocía las antiguas leyendas nórdicas con una profundidad que incluso llegó a sorprenderlo. Cuando volvieron a encontrarse en Estocolmo en 1964, Borges ya estaba ciego y era internacionalmente famoso, pero Lundkvist relató que ambos retomaron la conversación exactamente donde la habían dejado dieciocho años antes. La imagen del enemigo que decidió cerrar las puertas del Nobel a Borges comienza a resultar, por tanto, demasiado sencilla.

Lundkvist, además, hizo algo que resulta fundamental para entender su influencia posterior: ayudó a introducir a Borges en el mundo literario sueco. No se limitó a conocerlo personalmente. Participó en la difusión de su obra, tradujo sus poemas y contribuyó a que los lectores suecos tuvieran acceso a la literatura latinoamericana en una época en la que todavía no ocupaba el lugar internacional que alcanzaría durante el Boom. Una investigación publicada por la revista Ágora, del Colegio de México, recuerda que Lundkvist fue precisamente uno de los intelectuales que tradujeron y dieron a conocer en Suecia a Borges, Cortázar, García Márquez, Carpentier y Vargas Llosa. El dato resulta decisivo porque significa que el hombre al que posteriormente se atribuyó el supuesto veto contra Borges había participado antes en la construcción de su prestigio dentro del país donde se concedía el Nobel.

La contradicción se vuelve todavía mayor cuando se revisan las declaraciones que Lundkvist hizo sobre Borges después de que ambos se conocieran. En una entrevista publicada por EL PAÍS tras la muerte del escritor argentino, el académico sueco afirmó que había sido y seguía siendo un “fervoroso defensor de Borges como poeta” y calificó sus poemas como magníficos. Al mismo tiempo, reconoció que había criticado con dureza su prosa y que consideraba excesivamente estilizada una parte de su escritura. Esta combinación de admiración y rechazo parcial es mucho más interesante que la versión de una enemistad absoluta porque demuestra que Lundkvist podía defender a Borges como poeta y, simultáneamente, considerar que determinadas características de su narrativa lo alejaban del tipo de obra que él consideraba merecedora del Nobel.

Aquí aparece una cuestión que no deberíamos pasar por alto. Lundkvist no tenía por qué estar equivocado simplemente porque no compartiera la admiración que Borges provoca hoy. Los lectores contemporáneos hemos heredado una imagen monumental del escritor argentino: sabemos que su influencia alcanzó a escritores de todo el mundo, que Ficciones y El Aleph se convirtieron en libros fundamentales y que muchas de sus intuiciones narrativas anticiparon procedimientos que después serían habituales en la literatura contemporánea. Pero Lundkvist estaba juzgando a Borges mientras esa influencia todavía estaba construyéndose. No podía leerlo desde el prestigio que le otorgarían las décadas posteriores. Su crítica, por dura que pueda parecernos, pertenece a una discusión literaria real y no debería descartarse simplemente como una maniobra de un supuesto enemigo.

La supuesta ofensa literaria

La otra versión de la historia nace de un episodio ocurrido en Estocolmo en 1964. Según el testimonio recogido por María Esther Vázquez en su biografía de Borges, Lundkvist habría mostrado al escritor argentino algunos poemas propios y le habría pedido su opinión. Borges, fiel a una de las características menos diplomáticas de su personalidad, habría respondido señalando la banalidad de los versos. La anécdota ha sido utilizada posteriormente para explicar una supuesta ruptura entre ambos y, en consecuencia, para atribuir a Lundkvist un resentimiento que habría terminado perjudicando la candidatura de Borges.

El problema es que no existe evidencia documental suficiente para afirmar que aquella supuesta ofensa determinara la decisión de la Academia Sueca. La anécdota aparece en testimonios posteriores y ha sido repetida por distintas fuentes, pero no equivale a un documento de deliberación del Nobel en el que Lundkvist diga que decidió oponerse a Borges por haber criticado sus poemas. Esa diferencia es fundamental. Una historia puede ser verosímil y, al mismo tiempo, no estar demostrada. En un artículo de investigación literaria debemos conservar esa frontera, especialmente cuando la hipótesis resulta tan atractiva que corre el riesgo de convertirse en leyenda.

Además, existe una contradicción que debilita todavía más la teoría de la venganza personal. Si Lundkvist hubiera quedado tan profundamente resentido con Borges desde 1964 como para decidir bloquearlo, resulta difícil explicar que continuara hablando de él con respeto, que defendiera su poesía y que reconociera su importancia. Tampoco encaja fácilmente con el hecho de que Borges hubiera sido promovido durante años por otros miembros de la Academia y que su candidatura continuara apareciendo en las discusiones posteriores. Una enemistad personal podría haber influido, naturalmente, pero no tenemos pruebas suficientes para convertirla en la explicación central del caso.

El verdadero desacuerdo podía ser literario

Hay una posibilidad mucho más interesante: que Lundkvist no necesitara odiar a Borges para oponerse a que recibiera el Nobel. Podía admirarlo y, al mismo tiempo, pensar que su obra no alcanzaba el tipo de dimensión literaria que él consideraba necesaria para obtener el premio. De hecho, la revista Ágora recoge una afirmación atribuida a Lundkvist particularmente reveladora: Borges se había convertido en un mito, especialmente en Europa, pero su trabajo, según él, no estaba a la altura de un Nobel.

Esta posición nos devuelve al problema que apareció en los documentos de 1967. Si distintos miembros de la Academia podían considerar que Borges era demasiado exclusivo, demasiado estilizado o demasiado concentrado en construcciones intelectuales, entonces la oposición a su candidatura no necesitaba depender de una venganza personal. Podía existir una diferencia estética mucho más profunda. Lundkvist pertenecía a una tradición literaria distinta, vinculada a una concepción de la poesía como forma de conciencia histórica, de rebeldía y de solidaridad. Borges, en cambio, parecía interesado en otro territorio: la metafísica, el tiempo, la identidad, los libros, los laberintos, los espejos, la memoria y las posibilidades infinitas de la ficción.

La diferencia no es menor. Borges podía mirar una idea y convertirla en literatura; Lundkvist pertenecía a una tradición que esperaba con mayor intensidad que la literatura dialogara con la realidad histórica. Eso ayuda a explicar por qué podía admirar la inteligencia y la precisión de Borges y, sin embargo, sentir que su literatura estaba demasiado alejada de las preocupaciones que él consideraba centrales. No se trataba necesariamente de una incapacidad para entenderlo. Podía tratarse, simplemente, de una concepción diferente de aquello que debía hacer un gran escritor.

Y aquí la historia se vuelve especialmente interesante porque obliga a reconsiderar una pregunta que suele plantearse de manera demasiado simplista: ¿la Academia Sueca rechazó a Borges porque no entendía su literatura o porque la entendía perfectamente y no compartía su idea de lo que debía ser la literatura? Las dos posibilidades son muy diferentes. La primera convertiría el caso en una historia de incomprensión cultural; la segunda lo convertiría en un conflicto estético entre distintas maneras de entender la función del escritor.

El hombre que conocía mejor que nadie la literatura latinoamericana

La posición de Lundkvist dentro de la Academia hacía que esta discusión tuviera una importancia especial. Cuando ingresó en la institución en 1968, se convirtió en una de las figuras que mejor conocían la literatura latinoamericana dentro del órgano encargado de conceder el Nobel. Gabriel García Márquez lo describiría años después como el miembro de la Academia que mejor leía el castellano y que conocía la obra de los escritores latinoamericanos, hasta el punto de considerarlo una especie de intermediario decisivo para que esas literaturas fueran comprendidas en Suecia.

Esto explica por qué Lundkvist aparece tantas veces en la historia del Nobel latinoamericano. No era simplemente uno de los dieciocho miembros que se reunían para discutir candidatos. Era un hombre con conocimiento directo de una tradición literaria que la mayoría de sus colegas no podía leer en el idioma original. Su opinión tenía un peso especial cuando se hablaba de Borges, Neruda, García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa o cualquier otro escritor hispanoamericano. Precisamente por eso, si realmente se hubiera opuesto con fuerza a Borges, su posición podía tener consecuencias importantes.

Pero aquí debemos distinguir nuevamente entre influencia y poder absoluto. La Academia Sueca no funcionaba como una monarquía literaria en la que un solo académico pudiera decidir quién ganaba y quién perdía. El proceso era deliberativo, secreto y colectivo. Incluso Lundkvist, en una entrevista sobre el funcionamiento de la institución, insistió en que el carácter cerrado de las deliberaciones respondía precisamente al deseo de proteger a los candidatos de las presiones externas. La idea de que un solo hombre podía simplemente tachar un nombre y eliminarlo para siempre simplifica en exceso el funcionamiento real del premio.

Entonces, ¿Lundkvist bloqueó a Borges?

La respuesta más responsable es que no podemos demostrarlo. Existen testimonios que lo presentan como opositor, existe la historia de la crítica a sus poemas y existen declaraciones suyas que muestran que no consideraba la obra narrativa de Borges suficientemente importante para el Nobel. También existen evidencias igualmente importantes de que fue uno de los primeros intelectuales suecos en difundir a Borges, que lo conoció personalmente, que mantuvo una relación cordial con él durante años y que continuó defendiendo su poesía incluso cuando criticaba su prosa.

Hay, además, una evidencia documental que resulta difícil de ignorar: Borges ya había sido descartado en varias ocasiones antes de que Lundkvist ingresara formalmente en la Academia Sueca en 1968. Había recibido nominaciones desde 1956 y había contado con el respaldo de Henry Olsson en 1962, 1963 y 1964. Por tanto, Lundkvist no puede ser presentado como la explicación original de por qué Borges nunca recibió el Nobel. Podría haber influido posteriormente en las deliberaciones, pero no explica los años anteriores.

Esto nos deja con una conclusión provisional mucho más interesante que la teoría de la conspiración: Lundkvist pudo haber sido uno de los críticos más importantes de Borges dentro de la Academia, pero no necesariamente su verdugo. La evidencia disponible permite afirmar que conocía profundamente su obra, que había contribuido a introducirla en Suecia y que después cuestionó que alcanzara la dimensión necesaria para el Nobel. Lo que no permite afirmar con seguridad es que utilizara su posición institucional para bloquear deliberadamente al escritor argentino por una ofensa personal.

Y esa distinción importa porque devuelve el problema al lugar donde probablemente estuvo siempre: la literatura.

Borges podía tener enemigos políticos. Podía cometer errores públicos. Podía irritar a quienes no compartían sus posiciones. Incluso podía haber herido personalmente a un poeta sueco al decirle que sus versos eran banales. Pero ninguna de esas circunstancias explica por sí sola una ausencia que comenzó mucho antes y que persistió durante décadas. El expediente apunta hacia algo más difícil de aceptar: Borges fue un escritor tan singular que consiguió despertar admiración y resistencia al mismo tiempo, y quizá su candidatura nunca logró superar esa contradicción.

La política pudo complicarla. Las relaciones personales pudieron influir. La cultura sueca pudo no comprender del todo la dimensión de su literatura. Pero detrás de todas esas explicaciones permanece una cuestión que no podemos esquivar: ¿y si Borges perdió el Nobel, en parte, porque algunos de quienes debían juzgarlo consideraron que su literatura era demasiado intelectual, demasiado cerrada y demasiado consciente de su propio artificio para representar aquello que ellos entendían por una gran obra literaria?

La respuesta nos lleva directamente al último gran problema del caso: la política de Borges no comenzó con Pinochet, y su relación con el poder fue mucho más contradictoria de lo que suele contarse. Para entender cuánto pudo pesar realmente en el Nobel, hay que volver al Borges anterior a 1976: al escritor que rechazó el peronismo, que desconfiaba de las ideologías colectivistas y que podía defender la libertad individual mientras cometía errores políticos que años después él mismo lamentaría.

La última oportunidad: cuando Borges siguió esperando al Nobel

La historia podría terminar aquí con una explicación sencilla: Borges era demasiado complejo para algunos académicos y, después de 1976, demasiado políticamente incómodo para otros. Sin embargo, los acontecimientos posteriores demuestran que el caso no fue tan mecánico. En octubre de 1976, pocos meses después de su polémica visita a Pinochet, EL PAÍS informaba de que en la Academia Sueca circulaba el rumor de un Nobel en castellano compartido entre Vicente Aleixandre y Jorge Luis Borges, y señalaba precisamente a Artur Lundkvist como el posible impulsor de aquella candidatura. El rumor no llegó a convertirse en premio, pero demuestra algo fundamental: la visita a Pinochet no produjo un veto automático que borrara a Borges de las deliberaciones. Su nombre continuaba vivo dentro del juego del Nobel.

Un año después, la Academia concedió el Nobel a Vicente Aleixandre. La prensa española señaló entonces que Aleixandre había estado cerca del premio el año anterior y que las declaraciones de Borges en favor de las dictaduras latinoamericanas habían hecho imposible aquella candidatura conjunta. Esta información resulta especialmente interesante porque coincide con una de las versiones que atribuyen un peso decisivo al episodio político de 1976, pero también confirma que Borges seguía formando parte de una discusión real sobre el premio. No había desaparecido de la escena: había quedado atrapado en una situación en la que su prestigio literario seguía siendo demasiado grande para ignorarlo, mientras su comportamiento político había comenzado a convertirlo en un candidato difícil de defender públicamente.

La persistencia de Borges en las listas resulta todavía más evidente en 1978. Aquel año, EL PAÍS informó que Borges y Graham Greene habían llegado como finalistas antes de que la Academia terminara concediendo el premio a Isaac Bashevis Singer. El periódico describió a Borges como un candidato “inveterado” y señaló que seguía enfrentándose a una oposición dentro de los sectores progresistas de la Academia. La información periodística no equivale a un acta oficial de las deliberaciones, porque los archivos internos permanecen sujetos a las reglas de confidencialidad correspondientes, pero sí demuestra que en aquellos años Borges continuaba siendo considerado seriamente en el debate público sobre el Nobel.

Esto vuelve mucho más difícil defender la idea de que la Academia simplemente decidió castigarlo y olvidarlo. Borges siguió apareciendo como candidato durante los años siguientes. En 1979, cuando cumplió ochenta años, EL PAÍS lo describía como uno de los escritores vivos más importantes del mundo y señalaba que su nombre continuaba siendo una presencia habitual en las discusiones del Nobel, aunque también recogía la oposición atribuida a Lundkvist. En 1980 volvió a aparecer entre los candidatos habituales y, en 1981, Borges podía permitirse todavía bromear con el asunto diciendo que todo lo que había obtenido de los escandinavos se lo debía, precisamente, a que nunca le habían dado el Nobel.

El Nobel que se volvió más grande después de que Borges no lo recibió

Hay algo paradójico en todo esto: cuanto más tiempo pasaba sin recibir el Nobel, más evidente se hacía que la ausencia del premio no estaba impidiendo que Borges construyera su propia autoridad literaria. En 1979 recibió, junto con Gerardo Diego, el Premio Cervantes, el máximo reconocimiento institucional de las letras en español. La distinción llegó en un momento en que Borges continuaba siendo candidato al Nobel, lo que produjo una situación curiosa: una institución podía reconocerlo como una de las figuras centrales de la lengua española mientras otra seguía sin encontrar el consenso necesario para convertirlo en laureado.

La diferencia entre ambos premios también permite comprender algo importante sobre la recepción de Borges. El Cervantes no necesitaba convertirlo en un representante de una determinada tradición literaria mundial; reconocía una trayectoria dentro del ámbito de la lengua española. El Nobel, en cambio, tenía una dimensión internacional y simbólica mucho más amplia. La Academia Sueca no solamente debía decidir si Borges era un gran escritor; debía decidir si su obra representaba, en ese momento histórico, aquello que la institución quería colocar en el centro de la literatura mundial. Esa diferencia puede parecer sutil, pero ayuda a explicar por qué un escritor podía recibir un reconocimiento extraordinario en español y seguir siendo discutido durante años en Estocolmo.

Además, la propia trayectoria de Borges hacía difícil encasillarlo. No era solamente un narrador argentino, porque su literatura había absorbido tradiciones de Inglaterra, Alemania, España, Francia, Oriente y la filosofía occidental. Tampoco era exactamente un escritor latinoamericano en el sentido político y cultural que empezó a imponerse durante el Boom. Su Buenos Aires convivía con Schopenhauer, Dante, la Cábala, Shakespeare, las sagas nórdicas, Berkeley y las matemáticas. Borges podía ser profundamente argentino y, al mismo tiempo, parecer deliberadamente ajeno a cualquier obligación de representar una identidad nacional o continental.

Esa condición pudo jugar a su favor entre los lectores y en su contra dentro de determinadas concepciones del Nobel. El reconocimiento internacional de la literatura latinoamericana estaba creciendo y la Academia terminó premiando a Miguel Ángel Asturias en 1967, a Pablo Neruda en 1971 y a Gabriel García Márquez en 1982. Borges pertenecía claramente a esa tradición literaria, pero no representaba la misma clase de proyecto. Su literatura no buscaba explicar América Latina: buscaba utilizarla, junto con toda la literatura universal, como una de las puertas hacia preguntas mucho más abstractas sobre el tiempo, la identidad, el infinito y la naturaleza de la ficción.

Eso puede ser leído como universalidad o como aislamiento. Borges habría defendido lo primero; algunos de sus críticos podían ver lo segundo. Y quizá allí estuvo uno de los problemas fundamentales de su candidatura.

La paradoja de Borges: cuanto más universal era, menos representaba una escuela

Borges no perteneció completamente a ninguna corriente. No podía reducirse al realismo, aunque conociera perfectamente sus mecanismos; no era surrealista, aunque compartiera con las vanguardias la voluntad de romper las fronteras de lo racional; no era un escritor fantástico en el sentido tradicional, porque muchas veces utilizaba lo fantástico como una herramienta para discutir ideas filosóficas; tampoco era un novelista, y eso resultaba especialmente significativo en una época en la que la novela seguía funcionando como uno de los grandes vehículos de reconocimiento internacional.

Incluso su poesía, que Lundkvist defendió con entusiasmo, podía quedar eclipsada por la fama mundial de sus cuentos. En 1978, EL PAÍS destacaba precisamente esa paradoja: Borges había alcanzado su fama internacional sobre todo por sus narraciones fantásticas, aunque nunca había dejado de ser un gran poeta en lengua española. Esa dimensión poética permite entender por qué reducirlo a Ficciones y El Aleph resulta insuficiente; su obra era mucho más amplia, pero también mucho más difícil de clasificar.

Y aquí regresamos a la palabra de Österling que ha acompañado toda esta investigación: “exclusivo”. Si Borges podía parecer demasiado intelectual, demasiado estilizado o demasiado preocupado por la arquitectura de sus ideas, también podía parecer literariamente independiente hasta el extremo de no representar ninguna de las grandes tendencias que una institución internacional podía reconocer con facilidad. Su literatura no pedía permiso para pertenecer a una corriente. Construía la suya propia.

Eso tiene un precio. Los escritores que se convierten en símbolos de una tradición suelen ser más fáciles de explicar: pueden representar una nación, una generación, una revolución estética, una corriente política o una transformación histórica. Borges representaba algo mucho más difícil de resumir: la literatura como sistema de posibilidades. Y una institución acostumbrada a justificar sus elecciones mediante grandes conceptos podía encontrarse ante un problema cuando el candidato más extraordinario era precisamente aquel que se resistía a ser convertido en símbolo.

Entonces, ¿fue realmente una injusticia?

Si la pregunta exige una respuesta definitiva, hay que resistirse a la tentación de responder con un simple sí. Desde la perspectiva actual, la ausencia de Borges del Nobel resulta difícil de defender: su influencia sobre la literatura mundial, su originalidad y la permanencia de su obra hacen que parezca natural incluirlo entre los grandes escritores que merecieron el reconocimiento. Pero una investigación histórica no puede utilizar solamente el prestigio adquirido después para juzgar las decisiones de quienes lo evaluaron en su propio tiempo.

Lo que sí podemos afirmar es que la ausencia de Borges del Nobel fue el resultado de una combinación de factores y no de una sola causa demostrable. Los documentos revelan una valoración literaria ambivalente antes de la polémica de Pinochet: Borges era considerado un escritor extraordinario, pero también demasiado exclusivo o artificial por algunos miembros de la Academia. Después de 1976 apareció un problema político mucho más grave, porque sus declaraciones favorables a Pinochet y a las dictaduras latinoamericanas chocaban con el clima político y moral de la Suecia de aquel momento. Y alrededor de todo ello existieron relaciones personales, interpretaciones culturales y diferencias estéticas que hicieron todavía más complicada su candidatura.

La hipótesis de que la política fue decisiva tiene respaldo en testimonios posteriores. Octavio Paz, por ejemplo, afirmó en 1982 que entendía que Borges no hubiera recibido el Nobel por sus elogios a Pinochet, aunque criticaba lo que consideraba una inconsistencia política de la Academia al premiar a García Márquez. También existen testimonios posteriores atribuidos a miembros o personas cercanas a la Academia que apuntan en esa dirección. Pero ninguna de esas declaraciones equivale a un documento oficial que permita escribir, sin matices, que “Borges no ganó el Nobel por Pinochet”.

Y existe una evidencia que impide cerrar el caso de manera demasiado sencilla: Borges continuó siendo candidato después de 1976. Si hubiera existido un veto absoluto e inmediato, resulta difícil explicar las candidaturas, los rumores de finalista y las discusiones posteriores. La política pudo haber reducido sus posibilidades, incluso pudo haberlas hecho mucho menores, pero no tenemos base suficiente para convertirla en la única explicación.

La Academia no necesitaba odiar a Borges

Después de revisar el expediente, quizá haya que reformular la pregunta que da título a este artículo. No hay pruebas suficientes para afirmar que la Academia Sueca odiara a Borges. Sí hay evidencia de que algunos de sus miembros fueron críticos con su literatura, de que su obra podía parecer excesivamente intelectual y cerrada, de que existieron desacuerdos sobre su valor, de que la política complicó seriamente su candidatura después de 1976 y de que determinadas figuras de la Academia tuvieron una influencia importante en la recepción sueca de la literatura hispánica. Pero convertir todos esos elementos en una conspiración organizada contra Borges sería sustituir la investigación por una leyenda.

La historia real es menos espectacular, pero mucho más interesante. Borges no fue un escritor al que una institución ignoró por completo; fue un escritor que obligó a esa institución a decidir qué entendía por literatura universal. Algunos académicos encontraron en él una inteligencia extraordinaria; otros vieron una literatura demasiado hermética. Algunos defendieron su candidatura; otros prefirieron a escritores cuya obra parecía representar mejor sus propias ideas sobre la literatura. Y cuando la cuestión política entró en escena, la candidatura se volvió todavía más complicada. No hizo falta que todos lo odiaran. Bastaba con que nunca consiguieran ponerse de acuerdo sobre lo que Borges significaba.

Tal vez por eso su historia resulta más interesante que la de muchos ganadores del Nobel. Un premio puede confirmar la importancia de un escritor, pero también puede simplificarla al convertirlo en “el ganador de un Nobel”. Borges quedó fuera de esa categoría y, paradójicamente, esa ausencia terminó formando parte de su mito. Siguió siendo candidato durante años, recibió otros grandes reconocimientos, continuó escribiendo y terminó convertido en una figura cuya influencia no depende de ningún comité. En 1981 todavía podía bromear con los escandinavos y agradecerles irónicamente todo lo que había obtenido precisamente porque no le habían dado el Nobel.

La verdadera ironía es que Borges terminó demostrando algo que ningún jurado puede controlar: la importancia de una obra no queda determinada por la institución que decide premiarla. La Academia Sueca pudo considerar que su literatura era demasiado exclusiva, demasiado artificial o demasiado compleja; pudo incomodarse con sus posiciones políticas y pudo preferir a otros escritores. Pero no pudo impedir que Ficciones, El Aleph y el resto de su obra continuaran creciendo después de su muerte, entrando en nuevas lenguas, influyendo sobre escritores de generaciones posteriores y modificando la idea misma de lo que podía ser un cuento.

Por eso quizá la pregunta más justa ya no sea por qué Borges no ganó el Nobel, sino qué revela sobre el propio Nobel el hecho de que Borges no esté entre sus laureados. La respuesta no disminuye el valor del premio, pero sí obliga a reconocer sus límites: los grandes jurados también tienen épocas, prejuicios, preferencias estéticas, contextos políticos y puntos ciegos. Borges pudo ser demasiado complejo para algunos de sus jueces, demasiado incómodo para otros y demasiado independiente para convertirse fácilmente en el símbolo que necesitaban. Pero su obra sobrevivió a todas esas discusiones.

Borges no necesitó el Nobel para entrar en la historia de la literatura. El verdadero problema, visto desde hoy, es que el Nobel tiene que explicar por qué uno de los escritores que más profundamente transformaron esa historia nunca entró en su lista.


Resumen

La ausencia de Jorge Luis Borges del Premio Nobel de Literatura sigue siendo una de las grandes controversias de la historia del galardón. Sin embargo, los documentos disponibles muestran que la explicación no puede reducirse a una supuesta enemistad de la Academia Sueca. Borges fue nominado repetidamente durante décadas y, en 1967, Henry Olsson, miembro de la propia Academia, propuso que compartiera el premio con Miguel Ángel Asturias.

La investigación revela que existían objeciones literarias reales. Algunos académicos consideraban que la literatura de Borges era demasiado exclusiva, artificial, intelectual y estilizada. Su extraordinaria capacidad para construir relatos alrededor de ideas filosóficas, paradojas, referencias literarias y complejas estructuras intelectuales podía resultar fascinante, pero también podía producir una literatura hermética y, en ocasiones, innecesariamente complicada. La crítica de Anders Österling en 1967 es una de las evidencias más importantes de esta percepción.

La política complicó todavía más su candidatura después de 1976, cuando Borges se reunió con Augusto Pinochet y realizó declaraciones favorables al dictador chileno. Sin embargo, ese episodio no puede explicar por sí solo su larga ausencia del Nobel, porque Borges ya llevaba años siendo candidato y enfrentando reservas literarias. Incluso después de la visita a Chile continuó apareciendo en las discusiones sobre posibles ganadores, lo que demuestra que no existió un veto automático y absoluto.

El caso de Artur Lundkvist también resulta más complejo de lo que sostiene la leyenda. Fue un importante difusor de la literatura hispánica en Suecia y conoció personalmente a Borges, pero también criticó duramente su prosa. En 1986 reconoció que Borges merecía el Nobel, aunque consideraba que su narrativa estaba excesivamente estilizada. Por ello, no existen pruebas suficientes para afirmar que una enemistad personal fuera la causa determinante de la exclusión de Borges.

La conclusión más razonable es que Borges quedó atrapado en una combinación excepcional de circunstancias: una literatura extraordinariamente original pero difícil de clasificar, diferencias estéticas dentro de la Academia, controversias políticas y un contexto histórico que terminó perjudicándolo. La verdadera paradoja es que la ausencia del Nobel no redujo su importancia. Si acaso, convirtió el premio que nunca recibió en una de las preguntas más persistentes sobre los límites y los criterios de la propia Academia Sueca.


Preguntas frecuentes sobre Borges y el Nobel

¿Por qué Borges nunca ganó el Premio Nobel de Literatura?

No existe una única explicación demostrada. Borges fue nominado repetidamente y tuvo defensores dentro de la Academia, pero algunos académicos cuestionaron aspectos de su literatura por considerarla demasiado exclusiva, artificial o intelectual. Después de 1976, sus declaraciones favorables a Augusto Pinochet añadieron un importante problema político a su candidatura.

¿Borges fue realmente candidato al Nobel?

Sí. Los archivos oficiales de la Fundación Nobel registran numerosas nominaciones para Borges a lo largo de varias décadas. En 1967, Henry Olsson, miembro de la Academia Sueca, propuso que Borges compartiera el premio con Miguel Ángel Asturias, quien finalmente fue el ganador.

¿La Academia Sueca odiaba a Borges?

No existen pruebas suficientes para afirmarlo. Sí hay evidencia de críticas importantes hacia su obra y de desacuerdos sobre su candidatura, pero también hubo académicos que lo nominaron y defendieron. La propia historia de sus candidaturas contradice la idea de una hostilidad absoluta de toda la Academia.

¿Qué dijo la Academia Sueca sobre la literatura de Borges?

Uno de los documentos más citados corresponde a 1967, cuando Anders Österling consideró que Borges era demasiado “exclusivo o artificial” en su arte en miniatura. La valoración sugiere que parte del problema estaba en la propia naturaleza de su literatura y no solamente en sus posiciones políticas.

¿Borges era demasiado complejo como escritor?

Su literatura podía ser extraordinariamente compleja y exigente. Borges utilizaba referencias filosóficas, históricas, religiosas y literarias, además de estructuras narrativas que jugaban deliberadamente con la ficción, la erudición y el artificio. Esa complejidad fue una de sus mayores aportaciones, pero también podía producir una sensación de hermetismo o excesiva elaboración.

¿La visita de Borges a Pinochet le hizo perder el Nobel?

Probablemente perjudicó seriamente su candidatura, pero no puede considerarse la explicación de toda su historia con el Nobel. Borges había sido candidato durante muchos años antes de 1976 y ya existían críticas literarias hacia su obra. Además, después de la visita continuó apareciendo en las discusiones sobre posibles ganadores.

¿Artur Lundkvist impidió que Borges ganara el Nobel?

No existen pruebas suficientes para afirmarlo. Lundkvist fue crítico de la prosa de Borges, pero también reconoció su importancia y llegó a decir que merecía el Nobel. Además, Borges ya había recibido numerosas nominaciones antes de que Lundkvist ingresara formalmente en la Academia Sueca.

¿Borges fue finalista del Nobel?

Los archivos internos de las deliberaciones permanecen sujetos a las reglas de confidencialidad del Nobel, por lo que no todos los supuestos finalistas pueden confirmarse oficialmente. Sin embargo, la prensa de la época informó que Borges estaba entre los nombres decisivos en distintos años, incluido 1978, cuando fue presentado junto con Graham Greene como uno de los candidatos principales.

¿Qué escritores latinoamericanos ganaron el Nobel mientras Borges quedó fuera?

Entre los grandes escritores latinoamericanos que recibieron el Nobel durante la vida de Borges estuvieron Miguel Ángel Asturias en 1967, Pablo Neruda en 1971 y Gabriel García Márquez en 1982. La comparación resulta especialmente interesante porque Borges fue contemporáneo de todos ellos y, en algunos momentos, compartió con ellos las discusiones sobre el premio.

¿La ausencia del Nobel disminuye la importancia de Borges?

No. El Nobel es uno de los reconocimientos literarios más importantes del mundo, pero no constituye una clasificación definitiva de los grandes escritores. La influencia posterior de Borges, la permanencia de obras como Ficciones y El Aleph y su impacto sobre generaciones de escritores han hecho que su importancia literaria sea independiente de cualquier premio.

¿Cuál fue la verdadera injusticia del caso Borges?

La “injusticia” depende de cómo se interprete el Nobel. Desde una perspectiva contemporánea, resulta difícil negar que Borges tenía méritos suficientes para haberlo recibido. Pero históricamente no podemos demostrar que existiera una única conspiración para impedirlo. Lo que aparece es una combinación de diferencias estéticas, complejidad literaria, política, contexto histórico y desacuerdos dentro de la propia Academia.

¿Por qué el caso Borges sigue siendo importante?

Porque plantea una pregunta que va mucho más allá de Borges: ¿quién decide qué literatura merece ser reconocida como universal? Su caso demuestra que incluso las instituciones culturales más prestigiosas tienen criterios, preferencias y puntos ciegos. Y quizá por eso el Nobel que Borges nunca recibió terminó convirtiéndose en una parte inseparable de su leyenda literaria.

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