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¿Puede un escritor convertirse en candidato permanente al Nobel sin que esa condición termine jugando en su contra? ¿Y qué tendría que demostrar todavía Haruki Murakami para convencer a una Academia Sueca que lleva años dejando su nombre fuera del palmarés? A pocos días del anuncio del Premio Nobel de Literatura 2026, el escritor japonés vuelve a ocupar uno de los primeros lugares de las apuestas y de las listas de pronósticos internacionales. Ladbrokes lo coloca actualmente como el segundo favorito, por detrás de Can Xue, mientras distintos medios especializados vuelven a incluirlo entre los nombres que podrían llegar a Estocolmo el próximo 8 de octubre. Pero las apuestas no son candidaturas oficiales: las nominaciones permanecen en secreto durante cincuenta años y nadie fuera de la Academia Sueca puede saber con certeza quién está siendo considerado.
La incógnita terminará el próximo 8 de octubre, cuando la Academia Sueca anuncie oficialmente al ganador. Consulta aquí quién es el ganador del Premio Nobel de Literatura 2026.

Murakami llega a esta nueva temporada del Nobel con una ventaja que pocos escritores contemporáneos pueden igualar: ha construido una obra reconocible en prácticamente cualquier parte del mundo sin dejar de escribir desde una experiencia profundamente japonesa. Nacido en Kioto en 1949 y criado en Kobe, estudió en la Universidad de Waseda y durante varios años dirigió un pequeño club de jazz antes de dedicarse por completo a la literatura. Su propia biografía cuenta que en 1978, mientras veía un partido de béisbol en el estadio Jingu de Tokio, tuvo la certeza repentina de que podía escribir una novela; al año siguiente publicó Escucha la canción del viento, con la que obtuvo el Gunzou Literature Prize para escritores noveles. Aquella intuición terminaría convirtiéndose en una de las carreras literarias más internacionales de las últimas décadas.

La dimensión de esa trayectoria explica buena parte de su persistencia en las quinielas. Tokio Blues (Norwegian Wood) lo convirtió en un fenómeno editorial de proporciones extraordinarias en Japón: vendió alrededor de diez millones de ejemplares en su país y fue traducida a 36 idiomas. Después llegarían Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la orilla, 1Q84, Los años de peregrinación del chico sin color y La muerte del comendador, novelas que ampliaron un universo donde la soledad, la memoria, el deseo, la pérdida y la dificultad de comunicarse con los demás aparecen una y otra vez bajo formas realistas, fantásticas o abiertamente oníricas. Su obra, además, ha sido traducida a más de cincuenta lenguas, una dimensión internacional que convierte a Murakami en algo más que un escritor japonés de éxito: es uno de los autores contemporáneos que con mayor eficacia ha conseguido entrar en diferentes mercados literarios sin abandonar una voz propia.

Pero reducir a Murakami al escritor de Tokio Blues, los gatos, el jazz y los mundos paralelos sería precisamente ignorar la parte de su obra que podría resultar más interesante para un Nobel. Su literatura ha conseguido conciliar tradiciones japonesas con influencias occidentales y convertir preocupaciones individuales —la soledad, la incertidumbre, la deshumanización urbana o la búsqueda de identidad— en asuntos de alcance universal. El jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2023 utilizó precisamente esa combinación para justificar su elección y destacó su capacidad para unir la tradición japonesa con el legado de la cultura occidental mediante una narrativa ambiciosa e innovadora. Incluso su recepción internacional ha demostrado ser más compleja de lo que suele sugerir la etiqueta de “escritor global”: los estudios sobre sus traducciones muestran que Murakami cambia de matiz según la lengua y el traductor, hasta el punto de que su obra no puede reducirse a una única versión anglosajona de su literatura.

Existe, además, un Murakami menos conocido por el lector que llega a él únicamente a través de sus novelas. Después del terremoto de Hanshin y del ataque con gas sarín perpetrado en el metro de Tokio en 1995, el escritor entrevistó a víctimas y también a miembros de la secta responsable del atentado; de ese trabajo surgieron los libros de no ficción que posteriormente dieron forma a Underground. Esa decisión resulta importante porque revela que detrás del escritor asociado con sueños, pozos, desapariciones y realidades paralelas existe también un autor dispuesto a enfrentarse directamente con los traumas de su sociedad. Tal vez ahí se encuentre una de las claves para entender por qué su candidatura sigue resistiendo el paso del tiempo: Murakami no ha construido solamente una estética reconocible, sino una obra que ha intentado explorar qué ocurre con el individuo cuando la realidad contemporánea se vuelve demasiado compleja, violenta o incomprensible. Y esa pregunta, más que cualquier apuesta, es la que obliga a volver a mirar su nombre cuando el Nobel vuelve a estar sobre la mesa.