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¿Qué clase de argentino podía escuchar el rugido de un estadio lleno y sentir únicamente aburrimiento? ¿Qué podía llevar a uno de los escritores más importantes de la literatura en español a mirar una cancha y ver allí no una fiesta popular, sino una forma de tedio, fanatismo y poder? Jorge Luis Borges tenía una respuesta que podía resultar casi ofensiva en un país donde la pelota ha servido para construir héroes, derrotas, orgullos y hasta versiones de la patria: el fútbol no le interesaba. Pero reducir su rechazo a la extravagancia de un intelectual que despreciaba las pasiones populares sería quedarse en la superficie. Borges desconfiaba de algo más profundo: de la multitud que necesita identificarse con un vencedor, del individuo que convierte una camiseta en una bandera y de la facilidad con la que un resultado deportivo puede transformarse en una cuestión nacional. En 1976 lo resumió con una frase que parecía una provocación: el fútbol le parecía “una forma del tedio”. Para Borges, quizá el problema nunca fue la pelota, sino todo lo que los hombres estaban dispuestos a poner dentro de ella.

Borges no hablaba desde la experiencia de un aficionado desencantado. Su distancia con el fútbol era mucho más radical: en 1978 afirmó haber visto en toda su vida apenas medio partido, una confesión que vuelve todavía más singular su relación con un fenómeno que conocía menos por sus reglas que por sus efectos. No le interesaban las tácticas, los jugadores ni la belleza de una jugada; tampoco parecía sentir curiosidad por aquello que millones de personas consideraban una evidencia: que un buen partido podía ser, por sí mismo, una experiencia estética. Lo que observaba era el comportamiento de quienes estaban alrededor del juego. Le resultaba difícil comprender que alguien pudiera sufrir por la derrota de un equipo con el que no tenía ninguna relación personal y celebrar una victoria como si hubiera conquistado algo propio. Su crítica, por eso, no nacía de una teoría deportiva, sino de una sospecha sobre el espectador: si realmente importara el fútbol, pensaba Borges, el resultado debería ser secundario. Pero cuando ganar se vuelve más importante que jugar, la cancha deja de ser solamente un lugar donde ocurre un partido y empieza a convertirse en un escenario donde miles de desconocidos ensayan, durante noventa minutos, una identidad compartida.

Ahí aparece el Borges menos anecdótico y mucho más incómodo. Su rechazo al fútbol estaba relacionado con una desconfianza más amplia hacia el nacionalismo y hacia las identidades colectivas que exigen adhesión antes que pensamiento. En su conversación con César Luis Menotti, durante el Mundial de 1978, Borges corrigió incluso la imagen simplificada que circulaba sobre él: no quería presentarse como alguien que condenaba el fútbol en sí, sino como un escritor que consideraba desproporcionada la importancia concedida a un juego que juzgaba frívolo. La diferencia es decisiva. Borges podía aceptar que once hombres jugaran detrás de una pelota; lo que rechazaba era que esos once hombres terminaran hablando en nombre de millones, que una victoria pudiera interpretarse como una victoria nacional y que una derrota pudiera sentirse como una humillación colectiva. Por eso sus palabras sobre el fútbol conducen inevitablemente hacia uno de sus grandes temas: la dificultad de separar al individuo de las ficciones colectivas que lo rodean. La pelota, en ese sentido, era apenas el objeto visible de una preocupación mucho mayor.

El Mundial de 1978 convirtió esa incomodidad en una escena casi perfecta para entenderlo. Mientras Argentina se preparaba para vivir el campeonato como una celebración nacional, Borges anunció que quería alejarse de Buenos Aires y llegó a dictar una conferencia sobre la inmortalidad el mismo día y a la misma hora en que la selección disputaba un partido. La imagen posee una ironía difícil de mejorar: mientras un país entero miraba hacia una cancha, Borges hablaba de aquello que sobrevive a los hombres. No hace falta convertir el episodio en una hazaña de resistencia intelectual ni atribuirle intenciones políticas que las fuentes no permiten demostrar; basta observar el contraste. En las calles, el fútbol producía una poderosa sensación de pertenencia; en Borges, aquella misma energía colectiva provocaba distancia. Las crónicas de aquellos días muestran hasta qué punto el Mundial había desbordado el ámbito deportivo y se había convertido en un acontecimiento de orgullo nacional. Borges parecía percibir precisamente ese desplazamiento: el momento en que un partido deja de ser un partido y comienza a representar algo mucho más grande que él.
Y, sin embargo, la historia tiene una última paradoja, quizá la más borgiana de todas: el escritor que desconfiaba del fútbol terminó convirtiéndolo en literatura. Junto con Adolfo Bioy Casares, bajo el nombre de Honorio Bustos Domecq, Borges escribió “Esse est percipi”, un cuento en el que el fútbol deja de ser simplemente un deporte para convertirse en una reflexión sobre la realidad, el espectáculo y la percepción. Allí los partidos, los estadios y hasta los acontecimientos deportivos pueden ser entendidos como una representación destinada a ser contemplada por otros. El fútbol que Borges rechazaba en la vida real encontraba así una segunda existencia en la ficción, precisamente porque ofrecía un escenario perfecto para una de sus obsesiones: la distancia entre lo que ocurre y aquello que creemos que ocurre. Quizá por eso su aversión resulta más interesante que una simple rareza biográfica. Borges no necesitó amar el fútbol para comprender su poder; le bastó observar lo que sucedía alrededor de la pelota. Y tal vez esa fue su verdadera objeción: no que millones de personas persiguieran un juego, sino que estuvieran dispuestas a convertirlo en una forma de creer.
Frente a Borges aparece, varias décadas después, un escritor que decidió mirar exactamente en la dirección contraria: Hernán Casciari entendió que el fútbol podía ser mucho más que un espectáculo de noventa minutos y que, detrás de la devoción por un jugador, había historias de identidad, distancia, inmigración y nostalgia. En “La valija de Lionel”, Casciari no escribe solamente sobre Messi: escribe sobre los argentinos que se fueron, sobre la necesidad de conservar un acento cuando todo alrededor empieza a cambiar y sobre esa extraña forma de pertenencia que puede sobrevivir a miles de kilómetros. Su hallazgo narrativo consiste en desplazar el centro del relato: Messi deja de ser únicamente el futbolista extraordinario y se convierte en el muchacho que se fue a Barcelona, en el argentino que seguía diciendo “gambeta”, en el hijo que regresaba a su ciudad y en el símbolo involuntario de quienes habían dejado el país. Casciari vio en el fanatismo futbolístico algo que Borges parecía no querer concederle: una reserva extraordinaria de historias humanas.

llegó hasta Antonela Roccuzzo y terminó siendo escuchado por el propio Messi, quien le escribió a Casciari para contarle que él y Antonela habían llorado al escucharlo.
Y Casciari supo, además, convertir esa intuición en una pieza narrativa con una potencia que trascendió al propio relato. Después de la consagración de Argentina en Qatar 2022, “La valija de Lionel” adquirió una nueva dimensión: el texto fue leído y compartido masivamente, llegó hasta Antonela Roccuzzo y terminó siendo escuchado por el propio Messi, quien le escribió a Casciari para contarle que él y Antonela habían llorado al escucharlo. La historia es significativa porque muestra otra manera de capitalizar la pasión futbolística: no explotándola como una simple mercancía, sino encontrando dentro de ella una emoción reconocible incluso para quien no comparte la camiseta. Casciari entendió que el verdadero poder de Messi no estaba solamente en sus goles, sino en lo que millones de personas habían depositado emocionalmente en su figura: la infancia, el desarraigo, el fracaso, la espera y finalmente la reparación. Borges miraba la multitud y encontraba razones para desconfiar de ella; Casciari miró esa misma multitud y encontró un relato que podía hablarle.