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Cuando miles de personas recorran Cintermex entre libros, escritores, editoriales y conferencias, probablemente la pregunta menos visible será una de las más importantes: ¿quién organiza realmente la Feria Internacional del Libro de Monterrey y quién toma las decisiones que terminan construyendo ese enorme escaparate cultural? La respuesta oficial parece sencilla: la FIL Monterrey es organizada por el Tecnológico de Monterrey. Pero detrás de esa frase existe una historia institucional de más de tres décadas, una estructura directiva propia y una relación particularmente estrecha entre una universidad privada y uno de los acontecimientos literarios más importantes del norte de México. Para entender la feria de 2026 hay que empezar, precisamente, por ahí: no por los autores que llegan a Monterrey, sino por la institución que construyó el escenario en el que esos autores aparecen.
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La historia comienza en octubre de 1989 y, curiosamente, no con una gran operación cultural ni con una feria instalada en un centro de convenciones. La primera edición nació bajo una pequeña carpa colocada en el estacionamiento del Tecnológico de Monterrey, impulsada por estudiantes de Letras Españolas y Lengua Inglesa, profesores y bibliotecarios. La propia FIL reconoce ese origen y el Tec confirma que aquella primera feria fue organizada por la Biblioteca y por esas carreras. La iniciativa respondía a una carencia concreta: la comunidad universitaria consideraba insuficiente la oferta bibliográfica disponible en Monterrey y buscó traer a la ciudad modelos que ya conocían, entre ellos la Feria del Libro del Palacio de Minería y una experiencia universitaria en Texas. Es un dato importante porque modifica la lectura habitual de la FIL: no nació como un proyecto cultural diseñado desde una oficina corporativa, sino como una iniciativa universitaria que con el tiempo adquirió una dimensión institucional mucho mayor.

El salto de aquella carpa a la feria que hoy conocemos fue enorme. Después de una pausa de dos años, la segunda edición se realizó en 1992 y la feria se trasladó a Cintermex, recinto que desde entonces se convirtió en su sede. Lo que comenzó como una iniciativa relativamente pequeña dentro del campus fue creciendo hasta convertirse en una operación cultural de dimensiones nacionales. La propia FIL reporta que en su edición más reciente reunió a más de 315 mil visitantes y 733 autores e invitados especiales, mientras que el Tec señala que el encuentro ha superado los 355 mil visitantes en su última edición, junto con más de 160 expositores y 595 actividades culturales. Las cifras publicadas por las propias instituciones presentan diferencias según el corte utilizado, pero ambas muestran la misma transformación: aquella feria universitaria dejó de ser hace mucho tiempo un acontecimiento exclusivamente interno y se convirtió en una plataforma cultural de gran escala.
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Y aquí aparece un detalle que suele perderse entre las notas sobre invitados y novedades editoriales: la FIL no es una organización independiente que simplemente utiliza al Tecnológico de Monterrey como sede o respaldo institucional. La propia institución señala que actualmente la feria es organizada por la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey. Esa información coincide con la trayectoria histórica del encuentro y con las referencias institucionales que identifican al Tec como su organizador. La relación, por tanto, es mucho más profunda que una simple colaboración: la feria está integrada dentro de la estructura universitaria que articula buena parte de su operación. Esto también explica por qué la FIL combina en un mismo programa actividades literarias, académicas, educativas, humanísticas y de formación de lectores.

La estructura de 2026 tiene además nombres concretos. El comité organizador publicado por la FIL coloca a Carmen Junco de la Vega como presidenta, a Judith Ruiz-Godoy Rivera como decana nacional de la Escuela de Humanidades y Educación y a Henoc de Santiago Dulché como director. A ellos se suman responsables de operaciones y vinculación, contenidos, formación de lectores, Congreso LIJ, procuración de fondos, comunicación y otras áreas. Hay un dato particularmente revelador en esa lista: la estructura incluye una Coordinación de Procuración de Fondos, una Coordinación de Patrocinios y una Coordinación Comercial. Esto no significa por sí mismo cuánto dinero recibe la feria ni quién la financia —esa será otra investigación—, pero sí demuestra que detrás de la programación literaria existe una estructura profesional dedicada también a conseguir recursos, gestionar patrocinios y desarrollar actividad comercial.

La figura de Henoc de Santiago también ayuda a entender la dimensión contemporánea del proyecto. Como director de la FIL Monterrey, aparece públicamente en la presentación de la edición 2026 y en los anuncios relacionados con su programación. Carmen Junco, como presidenta, representa otra pieza central de la conducción institucional. La edición 2026 tendrá como invitado de honor a El Colegio Nacional, y el propio Tec ha presentado la feria como un encuentro organizado por la institución universitaria que busca reunir literatura, ciencia, artes y humanidades. En otras palabras, la FIL ya no se presenta solamente como una feria donde se venden libros: su propia estructura y discurso la han convertido en una plataforma cultural mucho más amplia.

Pero aquí comienza la parte verdaderamente interesante de la investigación. Saber quién organiza la FIL no equivale a saber quién la financia. Tampoco significa que todas las instituciones que aparecen alrededor del evento tengan el mismo peso ni desempeñen la misma función. Un organizador, un patrocinador, un aliado estratégico, una institución pública, una editorial y un expositor son actores diferentes. La propia estructura de la FIL permite observar esa separación: mientras existe una dirección general del encuentro, aparecen también áreas específicas para procuración de fondos, patrocinios, actividad comercial y comunicación. La pregunta siguiente, por tanto, ya no es quién está detrás del nombre FIL Monterrey, sino qué instituciones, empresas y recursos hacen posible que esa maquinaria cultural funcione cada octubre.

La primera conclusión está documentada: la FIL Monterrey 2026 es organizada por el Tecnológico de Monterrey y cuenta con una estructura propia de dirección y operación dentro de su ámbito universitario. Su historia comenzó en 1989, creció desde una carpa en el estacionamiento del campus hasta ocupar Cintermex y terminó convirtiéndose en un acontecimiento cultural de gran escala. Pero precisamente porque hoy tiene esa dimensión, la pregunta inicial apenas abre la puerta. Detrás de los autores, las editoriales y los escenarios existe otra FIL: la de los patrocinios, la procuración de fondos, los convenios, los recursos, las instituciones públicas y las empresas que participan en el evento. Esa es la parte que todavía falta poner bajo la lupa.