Jaime Bayly vs Abelardo de la Espriella

Jaime Bayly acusa a Abelardo de la Espriella de operar “como un mafioso” y denuncia ataques con granjas de bots

¿Qué ocurre cuando un escritor que respaldó públicamente a un candidato termina acusando al presidente que ayudó a llegar al poder de comportarse como un mafioso? ¿En qué momento una antigua relación de simpatía política se transforma en una disputa pública que alcanza las redes sociales, las ferias del libro y las acusaciones de campañas coordinadas para desacreditar a un periodista? La confrontación entre Jaime Bayly y Abelardo de la Espriella ha entrado en una fase particularmente áspera, pero su origen no está en las últimas declaraciones del escritor peruano. Para entender la dimensión del enfrentamiento hay que retroceder varios años, porque Bayly y De la Espriella no fueron siempre adversarios: compartieron posiciones políticas, mantuvieron una relación cordial y el abogado colombiano llegó a ser entrevistado por el escritor en su programa. Lo que hoy parece una guerra abierta comenzó, en realidad, con una decepción política y personal que nunca terminó de desaparecer.

Abelardo de la Espriella

La primera ruptura importante ocurrió en 2020, mucho antes de que De la Espriella llegara a la Presidencia de Colombia. Por entonces, ambos eran identificados con el uribismo y compartían una oposición frontal al régimen de Nicolás Maduro. La relación se quebró cuando Bayly cuestionó públicamente a De la Espriella por haber ejercido como abogado de Álex Saab, empresario señalado por Estados Unidos como testaferro de Maduro. El escritor llegó a preguntarle si había recibido 12 millones de dólares por sus servicios profesionales y lanzó contra él una de las expresiones más ofensivas de aquella disputa: lo llamó, en referencia a su relación profesional con Saab, “lavador de inodoros”. De la Espriella respondió que sí había representado a Saab, pero negó haber recibido esa cantidad y explicó que había dejado de representarlo personalmente en 2019.

Aquella controversia resulta importante porque revela algo que hoy podría perderse entre la velocidad de las redes sociales: Bayly no empezó a cuestionar a De la Espriella cuando este se convirtió en presidente. Su relación ya había sufrido una fractura años antes, y, sin embargo, el escritor volvió a aproximarse políticamente a él durante la campaña presidencial de 2026. En una entrevista concedida a Semana meses antes de las elecciones, Bayly describió a De la Espriella como un hombre con posibilidades reales de ganar y destacó tres cualidades que, a su juicio, lo convertían en un buen candidato: su capacidad para crear riqueza, su conocimiento de la historia y su disposición a defender sus ideales. Incluso después de recordar su decepción por el caso Saab, Bayly dijo entonces que le tenía aprecio personal y que no lo consideraba su enemigo.

Abelardo de la Espriella regala balones de futbo

La historia cambió después de las elecciones. De la Espriella ganó la Presidencia y pasó de ser el abogado y candidato de derecha al hombre que ocupa el centro del poder político colombiano. Bayly, que había contribuido públicamente a legitimarlo como una alternativa frente a la izquierda y había acertado al pronosticar su victoria, comenzó a ejercer el papel que ahora reivindica: el de un periodista que no considera que el respaldo electoral implique obediencia posterior. En agosto, al referirse a la cancelación de su participación en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, Bayly recordó precisamente ese antecedente: había apoyado a De la Espriella durante la campaña, pero eso, según sostuvo, no lo obligaba a guardar silencio una vez que el candidato se convirtió en presidente. La organización del evento negó que la decisión tuviera motivaciones políticas.

Las críticas de Bayly se intensificaron después del terremoto que golpeó a Colombia el 10 de agosto. El escritor cuestionó algunas actuaciones públicas del mandatario durante la emergencia, entre ellas la entrega de balones con referencias al movimiento político del presidente y su negativa inicial a recibir ayuda humanitaria procedente de otros países. No se trataba solamente de una discusión sobre gestión pública: Bayly comenzó a cuestionar el estilo político de De la Espriella, su utilización de símbolos y su manera de relacionarse con la opinión pública. En ese punto, la antigua simpatía comenzó a adquirir un significado distinto. El hombre al que Bayly había presentado meses antes como una opción de derecha con posibilidades de gobernar aparecía ahora, en sus comentarios, como un presidente al que consideraba necesario vigilar y criticar.

La tensión adquirió una nueva dimensión cuando Bayly afirmó que estaba siendo objeto de una campaña digital destinada a desacreditarlo. En el video publicado en su canal de YouTube, titulado “Usando granjas de bots en redes sociales”, el escritor sostiene que detrás de los ataques existiría una operación organizada y menciona específicamente a Carolina Gómez, Vincent Ramos y Oswaldo Ortiz. La acusación no consiste simplemente en que simpatizantes del Gobierno hayan respondido a sus críticas: Bayly plantea que existiría una estructura coordinada de cuentas y que esta estaría vinculada con el entorno presidencial. Esa diferencia es esencial para entender la gravedad de sus declaraciones. Una cosa es la respuesta agresiva de militantes políticos en redes; otra, mucho más seria, es afirmar que desde el poder se utiliza una maquinaria organizada para hostigar a un periodista.

La versión de Bayly, sin embargo, debe distinguirse cuidadosamente de aquello que puede demostrarse. Oswaldo Ortiz respondió públicamente que se había enterado por el propio señalamiento de que supuestamente estaba atacando a Bayly y negó haber participado en una operación de ese tipo. En una publicación posterior también rechazó la acusación relacionada con las granjas de bots. La existencia de esa respuesta convierte el episodio en algo más complejo que una denuncia unilateral: tenemos una acusación concreta, personas identificadas como presuntos participantes y, al menos en uno de los casos, una negación pública. La pregunta periodística, por tanto, no debería ser simplemente quién tiene razón, sino qué elementos pueden verificarse y cuáles pertenecen todavía al terreno de las acusaciones políticas.

Y es precisamente ahí donde el conflicto comienza a adquirir una dimensión mayor. Bayly no se limita a decir que lo atacan en redes: en sus declaraciones más recientes ha endurecido el lenguaje hasta describir a De la Espriella como alguien que “opera como un mafioso”. La frase es de Bayly y debe permanecer atribuida a él, porque no corresponde al periodismo convertir una acusación en un hecho probado. Pero tampoco sería correcto reducirla a un exabrupto aislado. El escritor está construyendo una acusación política mucho más amplia: sostiene que el presidente colombiano utiliza métodos de presión y hostigamiento contra quienes lo cuestionan y que la supuesta campaña digital contra él sería una manifestación de esa conducta. Para comprender si se trata de una simple pelea entre dos personalidades confrontacionales o de algo políticamente más relevante, hay que reconstruir qué ocurrió después de cada crítica de Bayly y quiénes aparecieron, sucesivamente, en la ofensiva digital.

La acusación que cambió el tono: Bayly habla de una operación coordinada

Lo que convierte el nuevo episodio en algo más serio que una pelea entre dos figuras públicas es la naturaleza de la acusación. Bayly no dice simplemente que algunos seguidores de Abelardo de la Espriella comenzaron a insultarlo después de sus críticas: sostiene que habría existido una operación organizada para atacarlo en las redes sociales y que esa operación habría utilizado granjas de bots. El video que publicó lleva precisamente ese nombre, “Usando granjas de bots en redes sociales”, y dura poco más de veinte minutos. En las horas posteriores a su publicación, la denuncia comenzó a circular ampliamente entre cuentas políticas colombianas, incluida la del exsenador Gustavo Bolívar, quien presentó el episodio como una acusación de matoneo digital contra el escritor.

La versión de Bayly, según las referencias públicas que han comenzado a reproducirse alrededor del video, tiene un elemento particularmente delicado: afirma que una persona vinculada al entorno del presidente le habría revelado que De la Espriella había dado instrucciones para atacarlo. A partir de esa supuesta fuente, el escritor menciona a tres nombres concretos: Carolina Gómez, Vincent Ramos y Oswaldo Ortiz. No es un detalle menor. Cuando una acusación pasa de señalar a una masa anónima de usuarios a identificar personas específicas, cambia también la responsabilidad periodística de quien la cuenta. Por eso resulta indispensable escribir “según Bayly” y no presentar como demostrado que esas tres personas participaron en una operación ordenada por el presidente. Hasta ahora, lo que está públicamente establecido es que Bayly las señala; la participación efectiva de cada una y, sobre todo, la existencia de una orden presidencial requieren pruebas independientes.

Entre los nombres mencionados aparece Oswaldo Ortiz, conocido en Colombia por su activismo político y religioso y por su presencia constante en redes sociales. Ortiz ya respondió públicamente a la acusación y lo hizo negando que él o su grupo hubieran atacado a Bayly y a su esposa. Su respuesta introduce una segunda versión que resulta imprescindible para cualquier reconstrucción seria del episodio: sostiene que se enteró de la acusación a través de las propias publicaciones que comenzaron a circular y afirma que no había participado en los ataques que Bayly le atribuye. En otras palabras, tenemos una acusación directa y una negación directa, pero todavía no una demostración pública que permita cerrar la discusión. La diferencia entre ambas cosas es precisamente donde empieza el verdadero trabajo periodístico.

La controversia tampoco puede separarse de lo que Bayly venía diciendo sobre el nuevo gobierno colombiano. En sus emisiones recientes, el escritor había cuestionado duramente algunas decisiones y declaraciones de De la Espriella después del terremoto que golpeó al país. Uno de los episodios que más llamó su atención fue la afirmación presidencial de que el terremoto había ocurrido por voluntad de Dios, una interpretación que Bayly consideró especialmente problemática. En otra emisión cuestionó la entrega de balones a damnificados y también se refirió a la anunciada expulsión de venezolanos de Colombia. Gustavo Bolívar resumió precisamente esos puntos al comentar el nuevo video de Bayly y presentó la disputa como una consecuencia de las críticas que el escritor había comenzado a formular contra el presidente.

Hay aquí una ironía que merece más atención de la que probablemente recibirá en las redes sociales. Bayly no llegó a esta confrontación desde una posición de oposición ideológica al proyecto de De la Espriella; por el contrario, durante la campaña presidencial había hablado favorablemente del candidato y había expresado simpatía por él. Incluso después de su elección, el escritor analizó su llegada al poder con una mezcla de expectativa y cautela. En una emisión sobre la posesión presidencial lo describió como un hombre joven, extravagante, abogado y empresario, y aunque manifestó preocupación por su promesa de construir megacárceles al estilo salvadoreño, le deseó suerte en el ejercicio del poder. La evolución posterior resulta significativa: el hombre al que Bayly observaba con esperanza desde la derecha comenzó a convertirse, pocas semanas después, en objeto de algunas de sus críticas más severas.

El antecedente de 2020 hace todavía más compleja esta historia. La relación entre Bayly y De la Espriella ya había sufrido una ruptura pública cuando el escritor cuestionó al abogado colombiano por su vínculo profesional con Álex Saab. En aquella ocasión, Bayly había explicado que se sentía profundamente decepcionado porque había considerado a De la Espriella un abogado brillante y un hombre honorable, y no esperaba encontrarlo relacionado profesionalmente con una persona a la que él consideraba vinculada al régimen de Nicolás Maduro. La disputa terminó con Bayly calificándolo de manera ofensiva por su papel como abogado de Saab. De la Espriella respondió que había dejado de representarlo personalmente y defendió la legitimidad de su actuación profesional.

Aquel episodio permite entender algo esencial del carácter de esta nueva pelea: no estamos ante dos desconocidos que acaban de descubrirse en bandos contrarios. Existe una historia anterior de admiración, entrevistas, coincidencias políticas, ruptura y posterior acercamiento. Bayly puede cambiar de opinión sobre De la Espriella porque nunca ha entendido su relación con él como una obligación de lealtad permanente; De la Espriella, por su parte, ha pasado de ser un abogado que aparecía como invitado en el programa del escritor a convertirse en presidente de Colombia, con todo el poder institucional y político que esa transformación implica. Cuando el admirador se convierte en crítico y el personaje entrevistado se convierte en jefe de Estado, una vieja discrepancia adquiere una dimensión completamente distinta.

Y entonces aparece la frase que convierte el episodio en noticia internacional: Bayly sostiene que De la Espriella “opera como un mafioso”. La expresión no debe confundirse con una conclusión judicial ni con una afirmación comprobada por terceros; pertenece al lenguaje político y personal que el escritor utiliza para describir lo que considera una forma de ejercer el poder. Pero tampoco puede ignorarse su peso. Bayly está acusando a un presidente en ejercicio de utilizar mecanismos de intimidación digital contra uno de sus críticos, y está relacionando esa supuesta conducta con personas identificables. Para saber si detrás de sus palabras existe algo más que una nueva batalla verbal entre dos personalidades acostumbradas a la confrontación, falta responder la pregunta decisiva: ¿qué pruebas dice tener Bayly y cuál es exactamente la fuente que, según él, le permitió identificar a los responsables? Esa es la parte de su denuncia que merece ser examinada con mayor cuidado.

Resumen: una pelea que revela algo más que una enemistad personal

La disputa entre Jaime Bayly y Abelardo de la Espriella puede parecer, a primera vista, otro capítulo de las interminables guerras verbales entre políticos, periodistas y figuras públicas. Pero hay elementos que impiden despacharla como una simple pelea personal. Bayly pasó de respaldar al entonces candidato presidencial a cuestionar públicamente su comportamiento como mandatario y, finalmente, a acusarlo de permitir o promover una operación digital en su contra. La gravedad de la denuncia aumenta porque el escritor no habla únicamente de insultos espontáneos en redes: habla de una estructura organizada, de granjas de bots y señala a personas concretas. Esa acusación todavía necesita pruebas independientes, pero adquiere relevancia en un país donde investigaciones anteriores ya habían documentado comunidades anómalas alrededor de la campaña de De la Espriella.

El contexto tampoco favorece una lectura superficial del enfrentamiento. Durante la campaña presidencial, De la Espriella ya había estado rodeado de controversias relacionadas con el uso de redes sociales y estrategias digitales. La investigación de La Silla Vacía encontró que dos de las comunidades anómalas más grandes detectadas durante la campaña favorecían al hoy presidente y atacaban a sus rivales, aunque la investigación no establece que el propio candidato hubiera ordenado personalmente esas actividades. Esa distinción es fundamental: existen evidencias periodísticas de comportamiento digital inorgánico alrededor de su campaña, pero de ahí no se desprende automáticamente que De la Espriella haya ordenado atacar a Bayly. El salto entre ambas afirmaciones es precisamente el que una investigación seria debe intentar demostrar o desmontar.

Bayly, mientras tanto, ha endurecido sus críticas después de la llegada de De la Espriella a la Presidencia. El terremoto del 10 de agosto se convirtió en uno de los principales puntos de quiebre: el escritor cuestionó las declaraciones religiosas del mandatario y episodios como la entrega de balones con el logotipo de su movimiento político en una zona afectada por el desastre. La controversia fue real y no surgió exclusivamente de Bayly; medios como El País también cuestionaron la utilización de elementos de propaganda política durante la emergencia. Lo que Bayly hace después es llevar esa crítica desde la gestión presidencial hacia el terreno del poder y la intimidación: sostiene que el aparato político del mandatario habría respondido a sus críticas mediante una campaña digital organizada.

Aquí aparece el punto más delicado de toda la historia. Que existan antecedentes de redes inauténticas alrededor de una campaña no prueba que el presidente haya ordenado una operación contra Bayly. Del mismo modo, que las personas señaladas nieguen su participación tampoco demuestra que Bayly esté equivocado. Lo que existe, por ahora, es una acusación que debe ser sometida a evidencia. El periodismo tiene la obligación de resistirse tanto a la tentación de convertir la denuncia en verdad como a la comodidad de descartarla porque proviene de un personaje polémico. Si existen cuentas coordinadas, hay que identificarlas; si existe una cadena de mando, hay que demostrarla; y si no existe, también hay que decirlo con la misma claridad.

La crítica más profunda, por tanto, no está únicamente dirigida contra De la Espriella ni contra Bayly. Está dirigida contra una forma de hacer política en la que las redes sociales pueden convertirse en una extensión informal del poder. Un presidente puede responder a sus críticos públicamente, mediante argumentos, entrevistas, comunicados o instituciones; lo que resultaría mucho más grave sería utilizar estructuras clandestinas para fabricar apoyo, destruir reputaciones o intimidar adversarios. Pero precisamente porque la acusación es tan grave, Bayly tiene que estar dispuesto a mostrar las pruebas que dice poseer. En democracia, acusar al poder es legítimo; demostrar la acusación es indispensable.

El caso deja además una contradicción particularmente incómoda para De la Espriella. Su gobierno comenzó con una estrategia de comunicación extraordinariamente centrada en la imagen presidencial, las redes sociales, los mensajes directos y una estética política inspirada en líderes como Donald Trump y Nayib Bukele. Incluso algunas de sus primeras actuaciones frente a la seguridad penitenciaria fueron difundidas mediante una comunicación visual deliberadamente espectacular. En ese contexto, cualquier denuncia sobre manipulación digital merece escrutinio. Pero la responsabilidad también alcanza a Bayly: si dispone de información que vincula al presidente con una operación contra él, el siguiente paso no puede ser únicamente un nuevo video; debe ser presentar documentos, rastros digitales, nombres, fechas y evidencias verificables.

La verdadera historia, entonces, todavía no está completamente escrita. No consiste simplemente en saber quién insultó a quién ni en determinar cuál de los dos personajes tiene más seguidores. La pregunta relevante es si Colombia está entrando en una etapa en la que el poder político y la maquinaria digital comienzan a confundirse peligrosamente. Y esa pregunta no debería responderse con simpatías personales. Debería responderse con evidencia.

FAQ

¿Abelardo de la Espriella ordenó atacar a Jaime Bayly con bots?

Bayly lo acusa, pero hasta ahora esa afirmación no está demostrada públicamente. La investigación periodística debe encontrar la evidencia que permita confirmarla o descartarla.

¿Entonces Bayly está inventando todo?

No hay base suficiente para afirmarlo. Ya existen investigaciones que documentaron redes de cuentas anómalas alrededor de la campaña de De la Espriella, aunque eso no prueba que ordenara atacar personalmente a Bayly.

¿Hay antecedentes de bots relacionados con De la Espriella?

Sí. La Silla Vacía identificó comunidades anómalas que favorecían su candidatura y atacaban a rivales durante la campaña. Eso constituye un antecedente relevante, no una prueba de la denuncia específica de Bayly.

¿El presidente tiene derecho a responder a Bayly?

Por supuesto. Lo cuestionable comenzaría si la respuesta presidencial utilizara recursos, estructuras o cuentas coordinadas para intimidar o destruir a un crítico.

¿Bayly puede criticar a De la Espriella después de haberlo apoyado?

Sí. Haberlo respaldado electoralmente no convierte a Bayly en aliado permanente ni elimina su derecho a criticarlo como presidente.

¿No resulta contradictorio que Bayly antes alabara a De la Espriella y ahora lo llame mafioso?

La contradicción existe y debe explicarse, pero cambiar de opinión no invalida automáticamente una denuncia. Lo importante es determinar qué hechos provocaron el cambio.

¿De la Espriella está convirtiendo la Presidencia en una plataforma personal?

Es una crítica legítima para investigar. Su gobierno ha recibido cuestionamientos por una comunicación política altamente personalista y centrada en redes sociales.

¿Qué tan grave sería que un presidente utilizara bots contra un periodista?

Sería gravísimo. No se trataría simplemente de propaganda: implicaría utilizar mecanismos de poder para condicionar el debate público y castigar a quien cuestiona al Gobierno.

¿Las granjas de bots son un problema real en Colombia?

Sí. Investigaciones sobre las elecciones de 2026 encontraron miles de cuentas con comportamientos anómalos alrededor de los principales candidatos.

¿Entonces las acusaciones contra Bayly deberían investigarse?

Sí, precisamente porque existen antecedentes. Pero investigar significa buscar pruebas, no asumir que la acusación es cierta antes de encontrarlas.

¿Qué debería hacer De la Espriella si no tiene nada que ocultar?

Exigir que se presenten las pruebas y responderlas públicamente. La mejor defensa frente a una acusación grave no es silenciar al acusador, sino desmontar sus evidencias.

¿Y qué debería hacer Bayly ahora?

Mostrar las pruebas que sustentan su denuncia. Si tiene nombres, mensajes, registros, cuentas coordinadas o información que conecte la operación con el Gobierno, ese material debe salir a la luz.

¿Quién tiene más que perder en este conflicto?

El presidente tiene más poder institucional; Bayly, más libertad para atacar. Si la acusación resulta cierta, el costo político para el Gobierno sería enorme. Si resulta falsa, Bayly tendrá que responder por una acusación extraordinariamente grave.

¿Es realmente una pelea entre Bayly y De la Espriella?

No necesariamente. El conflicto puede terminar siendo un caso de mayor importancia: hasta dónde puede llegar un Gobierno para controlar la conversación digital y hasta dónde debe llegar un periodista para demostrar una acusación contra el poder.

¿Bayly ahora es de izquierdas?

No, Bayly solo defiende de su verdad, su verdad, el se autonombra de derechas liberales.

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