En todos vive un artista: Jaime Bayly en la FIL de Monterrey, México

Monterrey, México, 10 Oct 2026. En la sala ARCA-CONTINENTAL, Jaime Bayly se presentó en la Feria Internacional del Libro de Monterrey. A diferencia de lo ocurrido durante su última presentación en Guadalajara, en 2023, esta vez nadie lo increpó con una pregunta incómoda. Tampoco hubo quien saliera en defensa de la presidenta de México ante sus críticas a los gobiernos de izquierda, como ocurrió en aquella ocasión, cuando un asistente le cuestionó por qué arremetía contra esos gobiernos desde una posición de privilegio económico. En Monterrey, al menos durante la conferencia, no hubo confrontación política. Hubo literatura, confesiones personales, humor y preguntas que terminaron por revelar algo más que las opiniones de un escritor.

Bayly es conocido por sus críticas a los gobiernos de izquierda y por sus posiciones cercanas a las causas de la derecha, aunque él mismo no necesariamente se identifique con esa etiqueta. Su presencia, por tanto, no estaba exenta de expectativas. Sin embargo, la jornada transcurrió sin sobresaltos políticos, en una sala donde el escritor peruano pudo hablar de su novela, de su padre, de los dictadores latinoamericanos y de esa vocación artística que, según él, todos llevamos dentro.

La intervención: entre el humor, la memoria y la provocación

Jaime Bayly llegó al estrado con esa tranquilidad suya, casi excesiva, de quien parece tener todo el tiempo del mundo. Antes de subir, un hombre se acercó a saludarlo de mano. Por un instante, Bayly creyó reconocer en él a Álvaro Vargas Llosa, el hijo de Mario Vargas Llosa. Al mirarlo mejor, descubrió que se había equivocado.

El malentendido pudo haberle provocado un pequeño sobresalto. Después de todo, en su novela Los genios aborda las relaciones personales y familiares de Mario Vargas Llosa, incluidos sus matrimonios con Julia Urquidi, su tía política, y posteriormente con Patricia Llosa, su prima. ¿Qué habría tenido que decirle a un familiar del escritor si realmente se hubiera encontrado frente a él? ¿Cómo explicarle al hijo de Vargas Llosa que acusó de incesto a su padre? Por fortuna para Bayly, todo quedó en una confusión pasajera.

Ya sobre el escenario, tomó el micrófono, pero el aparato no funcionó. Durante unos segundos, el silencio pareció abrir la puerta a una de esas sospechas que alimentan las teorías políticas. ¿Lo estarían censurando en México? ¿Alguien habría decidido impedirle hablar después de sus críticas a los gobiernos de izquierda y de sus opiniones sobre el poder? Quizá, en su imaginación, apareció incluso aquella célebre definición de México como «la dictadura perfecta».

Pero no. No había conspiración ni censura. Solo un fallo técnico. Dos pequeños golpes al micrófono bastaron para devolverle la voz al escritor y disipar cualquier sospecha.

Antes de comenzar, Bayly preguntó a los asistentes si preferían escucharlo de pie o sentado. Sobre el estrado había dos pequeños sillones. Desde el público llegó una respuesta espontánea: «Como te sientas más a gusto, Jaime». Dudó unos instantes y finalmente tomó asiento. La conversación podía comenzar.

Fiel a su humor, abrió con una confesión que arrancó las primeras risas: «Pensé que no vendría nadie a mi conferencia». Y enseguida remató: «Pudieron no haber venido». Era una manera muy suya de romper el hielo: burlarse de sí mismo antes de que alguien más tuviera la oportunidad de hacerlo.

Después explicó que era su primera visita a Monterrey, que había llegado el día anterior y que regresaría a Miami al día siguiente. El motivo de su paso por la ciudad era presentar Los golpistas, una novela cuyo título original, según contó, habría sido mucho más agresivo: Cabrones de mala entraña.

Su editora en España le propuso cambiarlo por Los golpistas. La sugerencia tenía una lógica editorial: un título menos explícito permitiría al lector acercarse a la historia sin recibir, desde la portada, una interpretación cerrada de los personajes. Bayly terminó aceptando, aunque la anécdota dejó entrever que, si por él hubiera sido, la novela habría llegado a las librerías con una declaración de intenciones bastante más provocadora.

Sin embargo, el momento más íntimo de su intervención llegó cuando habló de su padre. Recordó que, durante sus últimos días de vida, su madre insistió en que debía visitarlo para despedirse de él. La relación entre ambos había sido difícil, marcada por heridas que el tiempo no necesariamente había conseguido cerrar.

Aun así, Bayly acudió a verlo. Frente a su padre, pronunció unas palabras que parecían resumir años de distancia y resentimiento: «Buen viaje, no hay rencores».

Veinticuatro horas después de aquella conversación, su padre murió.

«Al morir mi padre, murió algo dentro de mí», contó. No se trataba únicamente de la pérdida de un familiar. Había también una liberación, la posibilidad de desprenderse de un sentimiento que lo había acompañado durante años. La muerte, en este caso, no solo puso fin a una vida: también modificó la relación que Bayly mantenía con su propia memoria.

Hacia el final de su intervención, Bayly planteó una idea que dio sentido al encuentro y terminó por explicar el título de esta crónica: «En todos vive un artista». Según dijo, quizá cada persona alberga una vocación que todavía no ha conseguido despertar, una necesidad de expresarse que busca la manera de salir a la superficie. En unos será la pintura; en otros, la escritura, el canto, la poesía o cualquier otra forma de creación.

Preguntas y respuestas: Venezuela, los dictadores y el poder

Si la conferencia transcurrió sin grandes enfrentamientos, el turno de preguntas permitió que la política recuperara el protagonismo. Entre las intervenciones destacaron varias voces venezolanas, que encontraron en Bayly a alguien a quien agradecerle públicamente su postura frente al régimen de Nicolás Maduro.

Una mujer tomó el micrófono y lo felicitó por defender la causa venezolana y pronunciarse contra los dictadores. Su pregunta fue directa: ¿por qué lo hacía si no obtenía ningún beneficio a cambio?

Bayly respondió con una precisión que merece atención. Dijo que su postura no consistía simplemente en estar contra Maduro, sino en oponerse a todos los dictadores, independientemente de que fueran de izquierda o de derecha. Para explicar esa posición, recurrió a su propia historia familiar: cuando era niño, dijo, también había tenido un dictador en casa, en referencia a su padre.

La respuesta conectó la discusión política con la experiencia personal que había compartido minutos antes. Para Bayly, la oposición al autoritarismo no parece agotarse en las diferencias ideológicas; también está vinculada con el rechazo a una forma de ejercer el poder que pretende someter a los demás.

Después intervino un joven venezolano que vive actualmente en México. Recordó los años difíciles que había atravesado su familia, cuando faltaba el trabajo y conseguir alimentos se convertía en una preocupación cotidiana. Se presentó como un exiliado y agradeció a Bayly el apoyo que, según relató, había recibido durante aquella etapa. Hubo un tiempo en que, explicó, lo buscaban para pedirle que se pronunciara y les ayudara a hacer visible su situación.

Su testimonio tuvo algo distinto al resto de la conversación: no era una discusión teórica sobre ideologías ni un intercambio de argumentos entre simpatizantes y detractores. Era el relato de alguien que asociaba la voz pública de un periodista con una época de necesidad y desarraigo.

La última intervención destacada llegó con acento argentino. El asistente planteó una preocupación que atraviesa buena parte de la política latinoamericana: la rapidez con la que algunos países pasan de gobiernos de izquierda a gobiernos de derecha, y viceversa. ¿No existe un riesgo en esa alternancia tan acelerada?

Bayly respondió que los gobiernos no son buenos o malos por el simple hecho de pertenecer a una corriente ideológica. El problema aparece, sostuvo, cuando quien llega al poder pretende perpetuarse en él. Un gobernante puede acceder al cargo mediante elecciones democráticas y, una vez instalado, cambiar su relación con el poder hasta intentar conservarlo a cualquier precio.

En ese punto, la discusión dejó de centrarse en la etiqueta ideológica y se desplazó hacia una cuestión más elemental: quién se beneficia realmente del gobierno. Bayly señaló que, con frecuencia, los ciudadanos de a pie no reciben los beneficios prometidos, mientras que quienes ocupan los puestos de poder encuentran oportunidades para enriquecerse. Algunos, apuntó, acumulan fortunas en apenas unos años.

La crítica podía dirigirse a más de una corriente política. Y ese fue, precisamente, el núcleo de su respuesta: el problema no reside necesariamente en la izquierda o la derecha, sino en los gobernantes que terminan sirviéndose de la población en lugar de servirla.

La firma de libros: el escritor frente a sus lectores

Terminada la conferencia, llegó el momento de la firma de libros. A Bayly le habían asignado la mesa número uno. Cuando finalmente apareció, se disculpó por la demora: «Una disculpa por la tardanza, pero me retuvieron varias veces al salir de la sala».

La escena cambió de escala. El escritor que minutos antes había hablado de dictadores, ideologías y heridas familiares se encontró ahora frente a lectores que querían estrecharle la mano, llevarse un ejemplar firmado o decirle algo que quizá habían esperado durante años.

Un matrimonio venezolano se acercó para regalarle un libro. La mujer le mostró también un letrero con la frase «Gracias, Jaime», acompañado por la bandera de Venezuela. No hacía falta una explicación demasiado extensa: el gesto resumía la gratitud que varios asistentes habían expresado durante el turno de preguntas.

Después se acercaron un padre y su hija. La joven le dijo que era su ídolo y que admiraba profundamente su labor periodística. También le contó que estaba estudiando periodismo. Para ella, aquel encuentro no era únicamente la oportunidad de conocer a un escritor, sino la de estar frente a alguien cuyo trabajo había influido en su propia elección profesional.

Bayly escuchó, recibió los libros y atendió a quienes se acercaron a la mesa. La política, por un momento, quedó en segundo plano. Lo que importaba era la relación directa entre quien escribe y quien lee, entre la voz pública que se escucha a distancia y la persona que aparece al otro lado de una firma.

Crónica escrita por: César Jerez

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