Physical Address
304 North Cardinal St.
Dorchester Center, MA 02124
Physical Address
304 North Cardinal St.
Dorchester Center, MA 02124

¿Y si uno de los mayores cambios de la historia editorial del siglo XX hubiera comenzado porque un editor no encontró un libro decente para leer mientras esperaba un tren? La escena parece demasiado perfecta para ser cierta, pero alrededor de ella se construyó el origen de Penguin Books. En 1934, Allen Lane regresaba a Londres después de visitar a su amiga Agatha Christie cuando se detuvo en la estación de Exeter St Davids y comprobó que la oferta disponible era, a sus ojos, cara, mediocre y poco atractiva. Lane no estaba pensando todavía en construir una multinacional: quería encontrar una manera de poner buena literatura al alcance de un lector que no necesariamente frecuentaba las librerías. Un año después, el 30 de julio de 1935, lanzó los primeros diez Penguin, todos en formato de bolsillo y a seis peniques, un precio deliberadamente popular. La apuesta tenía algo de insolencia empresarial: vender literatura de calidad al precio de productos cotidianos y hacerlo fuera de los circuitos tradicionales del libro.

El verdadero hallazgo de Lane, sin embargo, no estuvo únicamente en fabricar libros baratos, sino en comprender que el problema también estaba en dónde se vendían. Penguin llevó sus ejemplares a estaciones ferroviarias, estancos, grandes almacenes y cadenas comerciales, lugares donde el lector ya estaba presente y no necesitaba entrar deliberadamente en una librería para convertirse en comprador. Los primeros diez títulos incluían a autores de enorme atractivo comercial, entre ellos Ernest Hemingway, Agatha Christie y Dorothy L. Sayers, y la respuesta fue inmediata: Woolworths llegó a solicitar más de 63.000 ejemplares poco después del lanzamiento. Para marzo de 1936, apenas diez meses después, Penguin había impreso un millón de libros; estudios posteriores han señalado que durante su primer año llegó a vender alrededor de tres millones de ejemplares. La dimensión del fenómeno importa porque revela que Penguin no estaba simplemente introduciendo un nuevo formato: estaba descubriendo un nuevo mercado lector.

Lane comprendió pronto que una empresa que pretendiera transformar el mercado del libro no podía vivir únicamente de las novelas. En 1937 creó Pelican, una colección dedicada a la divulgación y al ensayo sobre historia, política, economía, ciencia y otros asuntos contemporáneos; poco después llegarían Penguin Specials y, en 1940-1941, Puffin, que llevaría el mismo principio de accesibilidad al público infantil. Durante la guerra, Penguin incluso creó el Armed Forces Book Club para proporcionar libros a los soldados británicos, mientras la editorial ampliaba progresivamente su catálogo y su capacidad de distribución. En 1946 apareció Penguin Classics con The Odyssey, traducida por E. V. Rieu, y la operación tenía una importancia cultural que iba mucho más allá de una nueva colección: los clásicos, tradicionalmente asociados con bibliotecas, universidades y lectores especializados, pasaban a formar parte de una cultura de bolsillo. Penguin estaba convirtiendo el libro en un producto de masas sin renunciar a la idea de que ese producto podía contener literatura, pensamiento, historia y conocimiento.

El siguiente capítulo demuestra hasta qué punto Penguin había dejado de ser una aventura comercial para convertirse en una institución cultural. En 1960 publicó Lady Chatterley’s Lover, de D. H. Lawrence, en una edición íntegra que provocó un proceso por obscenidad; después de un juicio de seis días, el jurado declaró a Penguin no culpable y el libro comenzó a venderse a una velocidad extraordinaria, alcanzando dos millones de ejemplares en apenas unas semanas. La empresa había convertido un conflicto jurídico en una batalla sobre los límites de la literatura y la libertad de publicación, pero también había demostrado la enorme capacidad de su marca para movilizar lectores. Un año después llegó otro cambio decisivo: Penguin salió a Bolsa en 1961, después de haber vendido ya unos 250 millones de libros, y la oferta despertó una demanda extraordinaria, hasta el punto de quedar 150 veces sobresuscrita. Allen Lane había comenzado vendiendo libros de seis peniques en estaciones y tiendas populares; veintiséis años después, su empresa era una compañía cotizada con una dimensión que ya no podía explicarse únicamente por la personalidad de su fundador.

La paradoja final de Penguin comienza precisamente cuando su éxito empieza a modificar la naturaleza de la empresa. Allen Lane murió el 7 de julio de 1970 y, pocas semanas después, Penguin fue adquirida por S. Pearson & Son, compañía que sería antecedente del actual grupo Pearson. La operación cerró la etapa de Penguin como empresa independiente asociada directamente con el proyecto personal de Lane, aunque no acabó con la marca ni con su influencia. La historia posterior sería la de una expansión corporativa que terminaría llevando a Penguin hasta su unión con Random House en 2013 y a la creación de Penguin Random House. Vista desde el presente, la trayectoria resulta casi circular: en 1935 Penguin había nacido para romper las reglas de un mercado que consideraba los libros demasiado caros y demasiado dependientes de las librerías; en 1970 pasó a formar parte de una estructura empresarial mucho mayor y, décadas después, de uno de los mayores grupos editoriales del planeta. La pregunta que deja su historia no es solamente cuánto cambió Penguin al libro, sino cuánto cambió el libro a Penguin.
La historia posterior sería la de una expansión corporativa que terminaría llevando a Penguin hasta su unión con Random House en 2013 y a la creación de Penguin Random House

Comparar Penguin con Seix Barral permite entender dos revoluciones editoriales que ocurrieron en contextos muy diferentes. Allen Lane atacó fundamentalmente el problema del acceso: reducir el precio, transformar el formato, multiplicar los puntos de venta y crear una marca reconocible para llevar la literatura a lectores que no formaban parte necesariamente del circuito tradicional de las librerías. Carlos Barral, en cambio, actuó desde Barcelona sobre otro problema: el de convertir una editorial española en una plataforma capaz de descubrir, publicar y proyectar escritores españoles, europeos y latinoamericanos hacia un mercado internacional. Cuando Barral entró en Seix Barral en 1950 y comenzó a transformar su línea editorial a partir de 1954, creó colecciones como Biblioteca Breve y desarrolló premios y vínculos internacionales que terminarían situando a la editorial en el centro del Boom latinoamericano. La Biblioteca de Catalunya considera precisamente que la concesión del Premio Biblioteca Breve de 1962 a La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, marcó la entrada de Seix Barral en el fenómeno del Boom.

La diferencia más profunda, sin embargo, está en el tipo de poder editorial que ejercieron. Penguin construyó una máquina de distribución y democratización del acceso al libro: precio, diseño, producción masiva, puntos de venta y una marca que podía reconocerse a distancia. Seix Barral construyó algo más cercano a una red de legitimación literaria, en la que editor, premios, crítica, autores y agentes podían convertir una novela latinoamericana en un acontecimiento internacional. Y allí aparece Carmen Balcells, cuya agencia, fundada en 1960, transformó las relaciones entre escritores y editores mediante contratos de duración limitada y una estrategia agresiva de comercialización de derechos; entre sus representados estuvieron García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Carlos Fuentes. Penguin y Seix Barral, por tanto, no hicieron exactamente lo mismo: una cambió la escala y la accesibilidad del mercado; la otra ayudó a modificar quién podía ocupar el centro del mapa literario internacional.